Bienvenidos!

Es un placer saludarlos. Entren por su voluntad para que dejen algo de alegría en este sitio. Aquí encontrarán algunos apuntes en desbarajuste, tal y como brotan de mi cabeza. Es una mirada a lo que me gusta y emprendo. No es algo bien organizado, debo advertir, porque en mí viven muchos: el que escribe, el que habla, el que dirige, el que sólo coordina, el que concilia, el que busca imponerse y el que sabe someterse (a su estilo). También está, por allí, el que se mueve como pez en el agua entre las multitudes, el que ama la soledad, el furioso, el sombrío, el hiperactivo, el que demora (como Fabio) y el que apremia (como Claudio Marcelo). Tengo uno dormilón y otro que adora el desvelo. Uno que opina de una forma y otro que siempre le discute. Hay algunos −entre ellos− que incluso celebran pequeñas sesiones de afinidad para convivir y charlar. Por ejemplo, entre los que aman hablar en público tengo identificados: al que se expresa con deleite, casi con sensualidad; al que habla con furia y persuade con vehemencia; al expositor pausado y magisterial y a uno más de habla tímida y presurosa, sin olvidar al que persiste, desde la niñez, en el tartamudeo. Los hay escritores, también, y cada uno con su tema: el que se siente poeta, el ensayista, el articulista periodístico, el cronista, el aprendiz de filósofo, el que inventa historias en miniatura, el que compila, el que excluye, el polemista y hasta el cáustico y burlón… Tengo uno que ama los clásicos y se viste de gala (como el Florentino) para encontrarse con sus pensadores predilectos y otros que se pierden con placer entre sombras tenebrosas, atisbos robóticos y muertos vivientes.

No es algo extraño (creo), después de todo −lo dijo Whitman− el hombre, siendo uno, contiene multitudes… En mi caso ésos que contengo deben convivir (o al menos coexistir), pero de un tiempo a éste percibo que disputan con altisonancia su lugar en el mundo y debo elegir entre hacerme a un lado para que triunfen los más fuertes o darles voz a todos para que se tranquilicen un poco. Aquí podrán conocer algunos. Creo que les simpatizarán. No son pretenciosos y juegan limpio… Sólo tienen ganas de ser. Luego me platican cuál les parece mejor.

En fin, si les gusta lo que aquí ofrecen esos muchos (que soy yo) entren, exploren, vean y lean… son ustedes bienvenidos.

Claro, si algo no es de su agrado pueden seguir impunemente su camino… Incluso, es posible que alguno de mí los siga (o los persiga).

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Apuntes

Mirándola mirar…

Fecha: 8 de septiembre de 2018 Categoría: Eso que brota Comentarios: 0

Sus ojos miran sin mirarme

y adivino en ellos añoranza disfrazada de alegría

como si aprisionara un secreto que los párpados asfixian

encerrado en un cofre de sonrisas perdidas,

atrapado en el velo rugoso de una luz que lastima.

 

Quizás no distingan eso quienes la miran mirando

(insensatos)

No saben mirarla ni descifran mirar sus ojos mirando

solo atinan a verla

no saben siquiera palparla,

ven sin mirar,

dudan hasta de lo que miran

sin comprender su mirada.

 

Mientras tanto yo

(es un extraño don, lo admito)

puedo palparla de lejos aún sin ella mirarme.

 

Es que perdió algo y sigue mirando de lejos.

Le hicieron daño quizás,

la rasgaron al tocarla,

(o tal vez)

olvidaron cubrirle los ojos

para cuidar su mirada.

 

Quizás perdió le fe en su mirar,

mirando con fijeza algo que se disipó al aprehenderlo,

quiso tocarlo y se fue,

supo muy tarde que algunas cosas eluden los párpados

y escurren entre las pestañas,

que no se dejan tocar ni con la mirada.

 

Nadie le dijo el secreto:

que la mirada engaña,

que ver no es creer,

que ver es dudar,

que se debe tocar pues la mirada miente

(Eso lo sabe todo escultor:

por eso duda de lo que ve y prefiere moldear a ciegas)

 

Mientras tanto la sigo mirando

aún sin ella mirarme

intentando decir que a su mirada

le falta que yo la mire mirándome.

 

Le digo también,

con solo mirarla,

que no puede engañarme…

Que su mirada es artimaña,

antifaz

venda

Que su mirada no es plena

¿La razón?

Sigue mirando sin mirarme,

sin saber que la toco y la moldeo

mientras la miro mirando.

 

Quizás su mirada cambie

cuando me mire mirándola…

Mi “tú” desencantado

Fecha: 4 de septiembre de 2018 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Llegué al bar a las once de la noche. Una mujer de rostro grato, pero ansioso, me siguió con los ojos mientras entraba y elegía una silla de la barra. Pedí una bebida. Ella siguió mirándome. Me hice el desentendido. Cuando pedí la segunda bebida miré de reojo que se levantaba de su lugar y se acercaba. Me hice el disimulado. No tenía ánimos de platicar con nadie, menos con una mujer solitaria que gusta de arrinconarse en un bar. Se paró a mi lado y tuve que voltear. Nada mal, pero un tanto desenfadada en su vestir para mi gusto. Me miró un rato en silencio y luego dijo: “Eres tú”. No dije nada. Me siguió mirando. Me hice el sorprendido por un buen rato. Después preguntó: “¿Eres tú, verdad?”. Le dije que todos somos “tú” algunas veces, pero que en ese rato no sabía si yo era el “tú” que ella recordaba o sólo un “tú” entre tantos de los que coinciden por el mundo. Siguió mirándome. La noté un poco sorprendida con mi voz. Yo no sabía qué hacer, así que me hice el desinteresado. Después de una larga pausa dijo: “No, no eres tú. Hablas distinto”. Se dio la vuelta y volvió a sentarse lejos, en el lado oscuro de ese bar a punto de la soledad. Volví a mirarme en el espejo de la barra. Pedí otra copa. Durante un buen rato seguí mirándome y de seguro ella también lo hacía, pero me hice el distraído, hasta que noté de reojo que la figura femenina se levantaba y salía del bar, dejándolo más solo que como estaba. Suspiré. Debo ser parecido a algún “tú” que deja bastante zarandeadas a las mujeres solitarias de este bar. Ya no sabía qué decirme frente al espejo de la barra ni qué actitud tomar, así que le pregunté al cantinero —bueno, al barman— si conocía a la mujer que había salido. Me respondió que sí, que siempre pide una cerveza y se queda tranquila, hasta que llega alguien. Entonces se levanta, lo aborda y le pregunta lo mismo: “¿Eres tú, verdad?”. Si tiene suerte ese alguien se pone a platicar por un buen rato, si no se hace la ofendida y se va, para regresar al día siguiente. Me sentí confundido. Para hacerme el indiferente pedí otra bebida. Volví a mirarme en el espejo de la barra. Mi “tú” se sentía muy poco importante, muy devaluado. Sólo era un “tú” entre tantos que deambulan por el bar y apenas un pretexto para conversar. Quizás mi “tú” no se parece a nadie en especial y hasta es posible que ese “tú” original no exista. Sólo es un pretexto para eludir la soledad. Mi “tú” se sintió desdichado, pero me hice el digno y pedí otra bebida.

El cazador de remolinos

Fecha: 27 de agosto de 2018 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Cuando niño frecuentaba muchos ranchos colimenses y del sur de Jalisco, por razones que ya expliqué alguna vez. En uno de ellos, de amplios potreros a punto de la siembra, se formaban pequeños remolinos por el peculiar cruce de los vientos. Eran remolinos de polvo y hojarasca, pues la tierra era de temporal, una tierra que se mantenía seca y crujiente hasta la estación de las lluvias.

Yo anhelaba integrarme a uno de esos remolinos, colocarme en su centro para sentir su áspera rotación y ser transportado hasta llegar a un camino amarillo, como en el cuento del Mago de Oz. Pero cazar remolinos era muy difícil. No sabía cuándo se formarían y surgían caprichosamente, lejos de donde yo me encontraba. Cuando veía uno corría a su encuentro, pero al llegar ya se había disipado, volviéndose viento común mientras el polvo se dispersaba y regresaba al suelo. Eso sucedió durante mucho tiempo. Cada vez que llegaba a ese rancho me dedicaba a perseguir remolinos y siempre fracasaba en el intento, mientras mi padre me vigilaba a la distancia.

Llegaron las lluvias y se acabaron las correrías, pues ya no me permitieron deambular a solas por el campo abierto. Duré meses añorando esos bellos remolinos que dibujaba en mis cuadernos. Varias noches soñé con ellos. Aún dormido ansiaba montarme en uno que pudiera transportarme como si fuera una alfombra mágica.

Un buen día volví a ese rancho, pero estaba lleno de milpa y los remolinos quedaron más lejos de mi alcance. Veía las plantas agitarse y, de vez en cuando, surgía alguno que embestía con garbo, sacudiendo y desgranando las mazorcas, pero era más común verlos ahogarse por obra del tupido follaje. Debieron pasar otros meses hasta que se alejaron las lluvias y volvieron los remolinos menos tímidos, los de polvo y hojarasca. Entonces volví a perseguirlos obsesivo.

En mi terca cacería llegué a pensar que los remolinos tenían conciencia y se permitían travesuras. Jugaban conmigo, evitándome y apareciendo cuando estaba lejos. Entonces aprendí a mirarlos de soslayo, como si no me interesaran, para correr de inmediato cuando sentía que estaban por aparecer. Con esa técnica logré algunos avances: me acercaba un poco más, pero aún no lograba sorprenderlos del todo.

Con un poco de esfuerzo me volví un experto en anticiparlos: intuía cuando el polvo se movía de cierta forma hasta que se formaba un pequeño torbellino, apenas insinuado, que con suerte se consolidaba y crecía hasta alcanzar unos cuantos metros, lo que para mí era inmensidad.

Una tarde por fin lo logré: descubrí un pequeño movimiento familiar entre el polvo y las hojas secas, me sitúe en su centro y de repente sentí el remolino a mi alrededor. El mundo se sacudió y giró. Las corrientes de aire me rodearon y danzaron pegadas a mi cuerpo. No pude abrir los ojos, pues el polvo me lastimaba, pero la sensación fue placentera e inolvidable.

Por unos segundos hasta imaginé que el remolino me llevaba como en los sueños y casi me sentí volar, aunque en realidad nunca me moví del suelo.

Cuando el movimiento cesó, abrí los ojos y vi a mi padre riéndose de lejos. Había sido testigo de mi éxito y lo celebraba. Por fin había atrapado a un remolino.

Esa noche llegué muy emocionado a mi casa y le conté todo a mi madre, que me revisó con cuidado hasta descubrir decenas de pequeñas hojas, ramitas y tierra bajo mi ropa. Mi cabello era una maraña. Tuve que tomar un baño antes de acostarme.

Cuando me dormía pensé que el remolino se había quedado conmigo. Sentí su respiración a mi alrededor y sospeché que se ocultaba bajo mi cama, sacudiendo el colchón y empujándome al techo.

En algún momento sentí que se agitaban las cortinas de mi habitación, a pesar de que la ventana estaba cerrada. Es posible.

Aún siento ese remolino a pesar de los años. Quizás por eso mi espíritu nunca se queda quieto y sigue revoloteando la hojarasca a mi alrededor.

 

Los que bailan, los que miran…

Fecha: 10 de agosto de 2018 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
 
En realidad, no cambiamos: sólo nos deterioramos un poco. Hace algunos años fui a una fiesta del recuerdo ― “retro party” les dicen, como si el inglés expresara cierta ansia de mantenerse vigentes― y pasé por allí un rato agradable, platicando con amigos de siempre, pero en ningún momento se me ocurrió ponerme a bailar, a pesar de que reconocí algunas de las piezas musicales de mis años juveniles (las de Madonna, Stevie Wonder, Michael Jackson, Cindy Lauper y hasta de Timbiriche y Flans, entre muchos otros).
 
No bailé por una sencilla razón: no me gusta. Nunca me sentí atraído por bailar, ni siquiera cuando estaba muchacho. Cuando bailo ―y puedo contar mis experiencias al respecto con los dedos― es que fui obligado por una circunstancia especial. Aquí van algunas de ellas, en estricto orden cronológico:
 
1. En la primera “tardeada” de la secundaria a la que asistí, porque suponía que era obligatorio “sacar a bailar” a alguna muchacha.
2. Cuando bailé trepado en una mesa, en una convivencia de la Facultad de Derecho, mientras todos los desmadrosos del momento me aplaudían.
3. Cuando le gané una apuesta a unos amigos en una noche de juerga en el bar El León Rojo, del centro de la Ciudad de México, que me retaron a que invitara a cierta belleza inalcanzable que andaba por allí.
4. Cuando me casé.
5. Cuando mis hijas estaban bebitas y les gustaba que las zangoloteara con música.
6. Cuando mi hija mayor cumplió quince años.
7. En una clase de psicología, pues era inevitable para el propósito pedagógico señalado por la maestra (el recuerdo ligado al movimiento o algo así).
 
Ah, también debo añadir aquella vez en que un grupo de educadoras entusiastas quisieron que yo bailara junto con ellas, en pleno escenario del Teatro de Casa de la Cultura, una melodía infantil llamada “Chuchuguagua” (ni sé cómo se escribe). Por fortuna, todavía no se usaban los videos captados por celular, pues aún estaría circulando por allí el patético momento.
 
Más allá de circunstancias así ―lo reitero: inevitables― evito toda idea de moverme al ritmo de la música. Es más, no muevo ni los pies bajo la mesa. Aclaro que me gusta escuchar música en vivo, pero no todo tipo de música y evito, en especial, los tonos estridentes que se acostumbran en las fiestas.
 
A pesar de que insisto en que no me gusta bailar, siempre surge alguien que supone que no lo hago por timidez (lo siento, no sé lo que es la timidez, así que no va por allí), por temor a ser juzgado por los demás (lo lamento, nunca me interesó el juicio de los demás, tan es así que sigo sin bailar aunque los demás puedan criticarme por eso) o porque suponen que no logré aprender tan complejo arte y quieren adiestrarme al respecto (si me gustara lo habría aprendido de alguna forma, aclaro).
 
Eso me lleva a situaciones incómodas, pues las personas a veces no parecen entender que cuando alguien dice que no le gusta algo es realmente que no le gusta, no porque experimente una necesidad de redención que los demás deben respaldar. En fin.
 
En una ocasión apoyé a unos maestros de danza que organizaron un encuentro nacional de la especialidad. En la ceremonia de clausura, en el Casino de la Feria de Colima, asistió el Gobernador del momento y los representantes de los poderes Legislativo y Judicial, así como otros funcionarios. Al término de la ceremonia sonó la música y los cientos de invitados (todos), se pusieron a bailar al unísono. Claro, eran maestros de danza. Los funcionarios nos quedamos sentados, pero alcancé a ver que ya se organizaban unas maestras entusiastas para invitarnos a bailar, así que me escabullí graciosamente hacia el baño, pretextando un mareo de último momento. Salí unos momentos después para descubrir que los recién arrojados al ruedo ya estaban bailando (horrible, por supuesto) en medio de un gran círculo donde todos los asistentes los rodeaban aplaudiendo. Era un espectáculo deplorable, acentuado porque todos, menos las citadas víctimas, eran expertos en bailar, pero yo me divertí mucho viéndolos desde lejos. Hasta pedí una coca light con el objeto de paladearla desde mi distante refugio. Cuando pasó el momento y los funcionarios comenzaron a despedirse, más sudados que un refresco frío y aireado, me acerqué para integrarme al grupo. El entonces Gobernador me descubrió y me dijo: “eres un desgraciado mañoso. Nos dejaste sufriendo y te escondiste”. No me creyó que me sentí mareado de forma inexplicable y durante años siguió reprochándome ese abandono.
 
El caso es que mientras disfrutaba de la fiesta del recuerdo, la famosa “retro party”, descubrí a un grupo de veteranos vestidos como muchachos de la época: mezclilla, zapatos tipo mocasín o “top sider” y unas camisetas que intentaban pasar por juveniles. Estaban un tanto camuflados en la oscuridad, con una cerveza en la mano, mientras veían con ansiedad a las mujeres que bailaban y recorrían con miradas cautelosas las mesas adyacentes. Los recordé de golpe: fui pocas veces a las famosas “disco” de mis épocas estudiantiles (por las razones ya dichas), pero cuando llegué a ir (casi siempre obligado por la novia), veía a un grupo similar haciendo exactamente lo que hacía ese grupo: mirar a los demás de pie y con una cerveza en la mano. Cuando me fijé en sus caras descubrí que eran ellos. Seguían haciendo lo mismo años después.
 
El tiempo, insisto, no logra cambiar nuestra íntima personalidad: sólo nos arruina un poco el fuselaje. Algunos vamos a una fiesta a platicar, otros aprovechan para bailar (les gusta, lo cual respeto, aunque a mí me resulte incomprensible), otros siguen asistiendo para emborracharse y algunos más, como ese pequeño grupo al que hago referencia, van a mirar lo que los demás hacen, como si fueran pescadores de caña esperando que un pez (que jamás llega) pueda morder el anzuelo.
 
Quizás cuando pasen más los años vuelva a descubrirlos haciendo lo mismo en otra fiesta del recuerdo. Mientras tanto yo, convertido en un elegante y pulcro viejito, seguiré platicando por allí (de política, novelas policíacas, cómics, series de ficción o cualquier tontería de ésas) y me negaré a cumplir los propósitos de alguna adorable anciana que quiera redimirme invitándome a bailar. He dicho.

Aquella lluvia en el potrero

Fecha: 6 de agosto de 2018 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Estoy con mi padre viendo llover, pero no sólo vemos la lluvia. Allá al fondo, bajo las líneas del agua, unas figuras se afanan en el potrero. Están juntando piedras con las manos y las arrojan a unas camionetas blancas. Es una tarea dura: “despiedre” le dicen. El propósito es quitar todo estorbo para que después entre la maquinaria a rasguñar la tierra y trazar los surcos. Después llegará la siembra. Esa lluvia fue repentina e inesperada. Un poco antes de lo debido. Mi padre toma café y fuma. Estamos bajo un largo cobertizo o “era” (ese lugar donde se guardan los implementos y se pone a reposar la semilla), un sólido resguardo con techo de lámina, donde el aguacero multiplica su intensidad con un eco metálico. Adentro el sonido es atronador, pero estamos secos. Afuera las figuras deambulan empapadas, soportando el latigazo líquido. Escucho la profunda voz de mi padre, que no parece importunarle el resto de los sonidos:

―Nada más que pase la lluvia nos vamos.

―Sí, cuando digas ―Le respondo.

Miro alrededor. El cobertizo es muy largo y está lleno de una maquinaria que parece gigantesca para mi tamaño: tractores con arado de discos, desgranadoras, cosechadoras, abonadoras, segadoras… Nombres que dicen muy poco y dejan mucho a la imaginación. Algunos de los tractores son verdes y amarillos, con un escudo donde aparece el dibujo de un ciervo saltando. Dicen John Deere. Le pregunto a mi padre si John Deere es brasileño.

―No ―me dice― Los John Deere son norteamericanos. John Deere era un inventor del siglo pasado que fabricó arados de acero, ideales para penetrar la arcilla. Fundó esa compañía que lleva su nombre.

―Es que tienen los colores de la bandera de Brasil ―Le digo.

―Es casualidad ―Responde, mientras sigue bebiendo su café.

El dueño del rancho contrató a mi padre para revisar toda la maquinaria y dejarla a punto para la siembra. Me padre me llevó a verlo trabajar. Le gustaba mucho que lo acompañara y viera lo que hacía. Me mostraba toda la maquinaria por fuera y por dentro. Hasta me permitía ayudarlo un poco. Era extraño ver esas máquinas sin su caparazón, con los aceitosos intestinos expuestos, mientras mi padre hacía algo con todas las partes, revisándolas y ajustándolas, cambiando piezas o limpiándolas, apretando aquí y aflojando allá, encendiendo y apagando. Escuchaba cada motor hasta que quedaba con un ronroneo suave: “como sedita”, según decía. Tenía la ilusión que eso me gustaría algún día tanto como a él. Suena a trabajo duro, pero en realidad no lo hacía todo él. Más bien parecía dirigir las operaciones y ni siquiera se ensuciaba mucho. Muchas manos estaban listas para ayudarlo. Las mismas manos que ahora recogían piedras entre la lluvia.

Mi padre trataba a los trabajadores que lo rodeaban con un desparpajo lleno de afecto, como si fueran sus amigos desde hace mucho tiempo. Les hablaba, incluso, por sus apodos. Puedo recordar algunos de ellos: “El Rabanito”, un operador chaparrito y casi colorado, con el pelo rojizo; “La Mirla”, que tenía cara de pájaro enojado; “Juan Penurias”, que se había casado dos veces o tres veces y sus esposas le habían salido igual de claridosas. Todos trataban a mi padre con cierta distancia. Aceptaban sus expresiones amables, pero seguían “hablándole de usted”. Se referían a él como “ingeniero”. Los hombres vestían más o menos como mi padre. En esos años la mezclilla no tenía tantos estilos ni marcas. Sólo existían los pantalones de mezclilla y punto. La usaban casi todos. También camisas a cuadros y botas de trabajo. Muchos usaban gorras sucias en la cabeza. Las verdes también decían John Deere.

A la hora de comer se hizo un alto en el trabajo. Alguien le subió un poco más al sonido de una radio que arrojaba estridencias rancheras. Voltearon una rueda de arado vieja y la pusieron sobre el fuego para calentar el bastimento y las tortillas. Uno de ellos me ofreció un taco de algo que parecía arroz rojo con huevo. Sabía delicioso. Le dije a mi padre que nunca había probado algo tan rico. Me dijo que la comida sabe mejor cuando uno trabaja todo el día. Quizás sea cierto, pero yo no había trabajado. Solo veía y, si acaso, acercaba alguna herramienta a las manos de mi padre.

Llegó el dueño del rancho en una camioneta Ford roja, como la de mi padre. Debían estar de moda. Lo saludó con afecto. Aunque le habló “de tú”, no “de usted”, le siguió diciendo “ingeniero”, como le decían los trabajadores que estaban por allí. Mi padre le dijo:

―Todo está listo, con excepción del Ferguson (“el Ferguson” era un tractor rojo que estaba por allí y que destacaba entre los verdes). Le faltan unas piezas que no pude conseguir. Me las traerán el miércoles.

El patrón del rancho parece muy contento. Me sacude la cabeza, jalándome afectuosamente los cabellos y dice:

―Ya está muy grande el “güero”.

―Sí. ―Responde mi padre― Va bien.

El patrón parece un hombre inmenso. Por lo menos así lo veo yo. Le ofrece a mi padre un café. Saca un atado de billetes y le paga. Se viene la lluvia sin avisar siquiera. Cae de golpe como un costal. El patrón mira a los trabajadores y les dice:

―Ni modo. Hay que comenzar ahorita, porque urge meter la maquinaria a trabajar.

Todos se suben a unas camionetas blancas y se van al potrero al despiedre, entre la lluvia y los rayos.

El patrón se despide de mi padre afectuosamente. Me vuelve a sacudir el cabello. Se sube a la camioneta roja y se va. Caen rayos. A la distancia veo como si los trabajadores estuvieran caminando entre relámpagos. Le pregunto a mi padre si no les podrá caer un rayo. Me responde:

―Si les caen. El año pasado, en un rancho cercano, le cayó uno a un trabajador que era amigo mío. Lo mató de inmediato. Yo estaba por allí y me ofrecí a llevarlo a Colima. Lo envolvieron en costales, lo subieron a la camioneta y se lo llevé a la familia. Fue algo muy triste.

― ¿No te dio miedo llevar a un muerto en la camioneta? ―Le pregunté.

―Pues en ese rato no, pero esa noche me dio calentura. Yo creo que me impresionó mucho cuando tuve que llegar con su familia a darles la noticia. Los ayudé con los gastos y tengo entendido que el dueño de ese rancho los ayudó más, pero en esos momentos eso no sirve de mucho.

Me impresionó esa confesión de mi padre. Para mí era indestructible. No podía imaginar que algo lo afectara hasta el punto de sufrir calentura. Yo no recordaba verlo enfermo nunca. Ni siquiera estornudaba.

Volvió a beber su café. Seguía fumando despreocupado. Afuera los hombres juntaban piedras y las arrojaban a las camionetas blancas.

―Ya casi nos vamos ―Me repitió― No durará mucho esta lluvia.

Me intrigaba que estuviera tan tranquilo mientras los hombres que antes lo rodeaban, sus amigos, siguieran luchando bajo la lluvia. Entonces le pregunté:

― ¿No tienes que ir a ayudarlos?

Mi padre me miró mucho rato, como si no entendiera la pregunta. Entonces volvió a mirar a los hombres que revolvían y juntaban piedras y dijo, con un tono lento, casi triste:

―Pobrecita de la gente que no estudia… ¿Verdad?

La frase me llegó hasta muy dentro. Hasta ese momento comprendí la diferencia. Por eso le decían todos “ingeniero” e incluso el dueño del rancho, un hombre rico, el dueño de toda la maquinaria, del cobertizo y de los potreros que nos rodeaban, seguía hablándole con deferencia. Mi padre podía estar bajo el tejado de lámina, tomando café y fumando un cigarro, porque había pasado por la escuela. Hasta entonces no entendía lo importante que era ir a la escuela. Era la diferencia entre ver llover con un café en la mano o bajar a juntar piedras entre la lluvia, con el riesgo de que un rayo te mate y entonces alguien tenga que llevarte, todo ennegrecido, para que te llore tu familia. Fue como un mazazo en mi cabeza.

Es curioso como una frase en un niño puede condicionar muchas de las conductas de su edad adulta. Si mi padre me hubiera dicho algo como “yo gano mucho dinero y ellos no”, quizás me habría convertido en personalidad materialista y estaría dedicado a los negocios. Sus palabras también pudieron ser algo como “existen las diferencias de clase” y entonces quizás, a estas alturas, sería un obsesivo con los contrastes sociales (conozco muchas personas deslumbradas con eso). Pero no: entre él y los demás sólo había una diferencia que incluso sonaba triste: el estudio.

Mi padre no lo supo, pero creo que por eso me volví tan estudioso.

Quizás por eso leo tanto.

Quizás por eso imprimí tantos libros cuando pude hacerlo y los lleve a regalar a todas las calles, sobre todo a las más humildes y apartadas, incluso a las comunidades cerriles.

Quizás lo que quiero es que todo mundo lea, para que nadie, ni “los rabanitos”, ni “las mirlas”, ni los “Juan penurias”, tengan que juntar piedras bajo la lluvia.