Apuntes de la categoría: Nueva guía de perplejos

Oportunidad

Fecha: 2 de diciembre de 2020 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0
¡Alarma!, ¡Vienen los bárbaros!, ¡Cierren las puertas!
Así resonaron las voces de los guardias desde las almenas.
Fue un caos.
Unos fueron por sus armas, otros intentaron escapar y algunos más corrieron a bañarse.

Rasgos que perduran

Fecha: 2 de mayo de 2020 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0

Se dice que el niño debe seguir viviendo en nosotros. Cierto, es una virtud conservar atributos como la alegría, la inocencia o la curiosidad. Pero a veces la infancia se prolonga de otra forma. Es el caso del egocentrismo, la “centración” y el pensamiento mágico.

1

El “egocentrismo” es la dificultad que tienen niños y niñas para situarse en una perspectiva diferente a la propia. Es propio de las primeras etapas del desarrollo no distinguir entre nuestro punto de vista (el yo) y el de otras personas. De hecho, a cierta edad ni siquiera se puede tener conciencia de que existan otros puntos de vista o miradores hacia algo.

Para Jean Piaget, por ejemplo, existe una etapa egocéntrica en todos los seres humanos, propia de la niñez, que se supera de forma progresiva. Pero yo creo que a veces no se supera o apenas se matiza un poco. Existen personas (incluso dotadas de estudios formales) que todo lo ven, miden o califican desde su propio mirador, sin considerar el que pueden tener los demás.

2.

La concentración o “centración” significa la capacidad de centrar toda la atención en una característica o dimensión de algo, pero desestimando o no prestando atención al resto. Es también un concepto de Piaget: en cierta etapa de la niñez es muy difícil considerar dos dimensiones diferentes a la vez. Suponemos que tal atributo se supera, pero existen personas que siguen analizando lo que les rodea privilegiando una característica o dimensión y desestimando todas las demás.

La “centración” se observa mucho en las opiniones políticas: algo está muy bien o está muy mal cuando se mira una sola de sus características, pero a la vez se ignoran todas las demás. Ocurre cuando suponemos, por ejemplo, que una institución funcionará bien si erradicamos de ella la corrupción que la rodea, pero dejamos de atender el resto de sus características esenciales.

La corrupción es un problema importante, claro, pero parece una expresión de “centración” infantil creer que evitándola se resolverán de forma automática todos los problemas que una institución (o un país o la misma economía nacional) pueden enfrentar.

3.

Otra característica de la niñez es el pensamiento mágico, es decir, la tendencia a establecer relaciones de causa y efecto sin comprobarlas de modo lógico. Niñas y niños lo poseen con fuerza y resulta adorable. Un ejemplo, entre muchos, es cuando ponen dientes bajo la almohada para que el Ratón Pérez (pariente mío, por cierto) deje dinero a cambio.

Pero el pensamiento mágico se queda por años y puede volverse parte esencial de la personalidad adulta. Todos tenemos un poco de tal pensamiento y resulta reconfortante, sobre todo en momentos difíciles, pero algunas personas lo llevan a casos extremos. Son quienes usan amuletos o recurren a rituales cotidianos, o bien los que atribuyen cierta dificultad personal a los “trabajos” (brujería) que otra persona les dedica.

Lo que fue adorable en la niñez se puede volver grotesco.

Así las cosas, muchos rasgos de nuestras etapas infantiles parecen prolongarse en la edad adulta. No queda claro si esos rasgos fueron características que debimos superar en nuestro desarrollo (como lo consideran muchos psicólogos) o si en realidad son atributos del ser humano que se mantienen en todas las etapas de la vida. Me inclino por lo último.

Tres fragmentos (casi) olvidados

Fecha: 18 de diciembre de 2019 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0

La lírica y el fenómeno creativo en tres fragmentos (casi) olvidados

De la antigüedad nos quedan fragmentos, retazos del ancho lienzo donde se tejieron las pasiones de los pueblos del Mediterráneo. Aún hoy, tales recortes son útiles e inspiradores. En ellos se pueden rastrear los gérmenes de la creatividad de nuestro tiempo. Son, como casi todo lo que brotó de esos pueblos ―los de la cuenca del primer gran mar de la historia― textos fundacionales y como tal siguen reclamando su lectura. Iniciemos con uno atribuido a Eurípides, Hipsípila, que se supone refleja una lectura o tradiciones más antiguas (las citas sucesivas pertenecen al primer tomo de La sabiduría griega, de Giorgio Colli, Editorial Trotta, 2011)

… y dicen que junto al palo mayor

la cítara de Orfeo, originaria de Asia,

de Tracia, dejaba resonar su lamento,

cantando instrucciones a la tripulación

de largos remos,

unas veces para acelerar el ritmo

y otras para dar reposo a los remos de abeto.

Estas breves líneas (Pág. 141) pueden interpretarse de muchos modos. Por ejemplo, allí se advierten algunos signos del origen asiático de un instrumento musical en específico, lo cual no es extraño considerando la intensa comunicación cultural entre el Oriente y el Occidente (o lo que así sería llamado después) en esa zona en especial.  Pero también aparece un dato de interés para la lírica: el lamento. La poesía parece brotar de la desesperación, de la tristeza, de la estoica resignación, por lo menos al mismo tiempo que la exaltación de la belleza y el amor. Quizás se trata de dos formas de la emoción primordial del ser humano: una tiende a la vida y otra a la destrucción. Muchos siglos después, Freud llamará a esas tendencias profundas del alma “pulsiones” y los identificará con Eros y Tánatos, pero no cabe duda de que tales impulsos se convierten en poesía y que toda poesía es una forma de expresión de las pasiones profundas de lo humano.

Pero no acaba allí la utilidad del fragmento. Se dice que Orfeo (un héroe divino, en la mejor tradición del mito) cantaba instrucciones a la tripulación “de largos remos, unas veces para acelerar el ritmo y otras para dar reposo a los remos de abeto”. Esa referencia a los “largos remos” es, sin duda, un recurso nemotécnico similar a los usados por Homero en La Ilíada, como ocurre con las expresiones “aqueos de largos cabellos” o “Héctor, domador de caballos”, por ejemplo. Es decir, es una técnica de la antigüedad basada en la necesidad de la declamación y el soporte de la memoria. Pero lo verdaderamente fascinante es la aplicación práctica de la lírica para marcar el ritmo y dar reposo, para la acción y la inacción, para el tumulto del esfuerzo y el silencio. Desde esa época hasta nuestro momento, la lírica es un intento por regular (con distintas formas métricas, variados ritmos, numerosas cadencias) lo que se expresa y lo que se calla, siendo ambos momentos una misma expresión creativa. En efecto, la acción ininterrumpida resultaría burda, por no decir imposible. Se requiere el reposo, que también debe estar sujeto a un momento y una cadencia específica. Tal combinación de acción/inacción, de ruido/silencio, es propia de la lírica y es usual hasta nuestros días, incluso hasta en la forma de contabilizar el silencio en una melodía. La influencia es perdurable en las más variadas expresiones literarias, incluso en la novela o el cuento: resultaría asfixiante una sucesión de acciones sin que los personajes principales o secundarios brinden al lector unos momentos de reposo, es decir, que ofrezcan remansos al lado de la turbulencia de la acción principal.

¿Cuál es el origen de esa tendencia innata a la instrucción lírica para acelerar el ritmo y dar reposo a los remos? Quizás se trate de una expresión fundada en nuestra particular constitución biológica, en nuestra íntima fisiología, que hemos sublimado en nuestros productos creativos. Nuestro propio corazón posee un ritmo de acción y silencio, un sístole y diástole que indica acción y reacción, flujo y reposo. Un corazón en incesante actividad frenética es tan perjudicial como uno contenido: ambos extremos llevan al mismo lugar. Quizás la lírica, entonces, sea una expresión de lo más profundo de nuestra constitución orgánica.

Revisemos ahora un fragmento De lo sublime, del Pseudo-Longino (un nombre asignado, considerando que no se sabe el nombre real del autor):

Gran maravilla es esto para nuestros corazones:

hombres que viven en el agua, lejos de la tierra,

en pleno piélago;

pobres desgraciados, por la dureza de su trabajo,

sus ojos están en las estrellas, su alma en el mar.

¿Cuántas veces, elevando sus manos

hacia los dioses,

oran, con sus vientres penosamente alzados

a lo alto?

El fragmento (Pág. 329) es una de una belleza extraordinaria, sobre todo en la línea que habla de esos ojos que están en las estrellas, mientras el alma se mantiene en el mar. Esos hombres ―miembros de una raza acuática que flota, lejos del soporte común de la tierra― tienen dificultad hasta para la oración y deben elevar sus manos intentando no hundirse. Por eso deben flotar con los vientres hacia arriba, luchando por no hundirse. La lírica aquí es una exaltación del ser, que más allá de su propia circunstancia (normal u anormal) no puede eludir su responsabilidad con el ruego hacia los dioses y que a pesar de cualquier contrariedad debe intentarlo, quizás porque tal ruego es su único asidero en ciertos momentos.

Aquí es válido, después de mirar hacia lo mítico (esa raza acuática) regresar la mirada hacia nosotros mismos, sabiendo que a veces, por más que pisemos tierra, nuestros ruegos pueden verse dificultados por la circunstancia, pero de cualquier forma deben ser realizados. Aparece, de forma profunda, otro motivo para la lírica que nos acompaña hasta el día de hoy: la rogativa, la súplica, la comunicación solicitante con la divinidad, que debe ser cumplida a pesar de cualquier aprieto. En efecto, rogar es una base profunda de nuestra condición mortal y de la cadena de azares que envuelve a nuestras vidas. La lírica, entonces, puede ser el vehículo para que ese ruego posea una mayor eficacia. No es casual que, aún hoy, el rezo sea una forma de la poesía, o al menos del poema sujeto a un ritmo especial. Después de todo nuestros ojos siguen mirando al cielo, aunque nuestra alma esté atrapada aquí (sea en la tierra o en el mar).

Veamos ahora un fragmento de Las aves, de Aristófanes.

La Noche de negras alas engendró,

en primer lugar,

un huevo llevado por el viento,

del que, según el ciclo de las estaciones,

surgió el atractivo Eros,

con dos alas de oro en su brillante espalda,

como dos vertiginosos torbellinos.

Éste, uniéndose de noche al Caos alado

en el inmenso Tártaro,

hizo surgir nuestra estirpe y fue el primero

que la dio a luz.

El fragmento (Pág. 145) nos brinda otro motivo persistente de la lírica: el deseo. Es el padre de la vida, pero su unión es con el Caos. Hoy diríamos que con el azar. No se puede racionalizar el deseo, se vive, se pueden generar resistencias hacia él o se puede aceptar su gobierno, pero no es posible someterlo a una cuidadosa planificación. El deseo culmina en la caótica maraña genética que, después de un juego de azar, ofrece una nueva vida a la luz. Esa unión misteriosa de posibilidades y azares parece ocurrir en lo oscuro, en el Tártaro, en lo insondable de la matriz. Siendo hijos del deseo no podemos hacer otra cosa sino someternos a su designio. Quizás por eso la lírica rehúye la racionalidad y exalta el apetito del instinto. Después de todo los curiosos experimentos por hacer poesía de lo frío, como ocurre con el derecho, no terminan siendo sino eso: experimentos (por ejemplo, la poeta mexicana, Griselda Álvarez, intentó traducir en sonetos toda la Constitución del país, en un magnifico esfuerzo que ella misma calificó como desprovisto del profundo sentido de la poesía, pues métrica no es poesía por necesidad).

En fin, cada fragmento de la antigua lírica, si es bien leído, brinda claves para la comprensión de la lírica de hoy, incluso del profundo sentido del ser, pues somos lo que escribimos y lo que leemos. Es decir, somos poemas intentando hacer poesía con nuestras vidas.

Un apunte sobre la Apología de Sócrates

Fecha: 18 de diciembre de 2019 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0

Autoficción y metaficción en la Apología de Sócrates, de Platón

No encontré en el texto de Manuel Alberca, ni en el de Óscar Gómez Roldán, como tampoco en la revisión que hice de otros ensayos a mi disposición, una referencia a los Diálogos de Platón, siendo que en algunos de ellos parecen encontrarse elementos de ambas formas literarias. Ahora bien, ¿esto es así o es sólo una ilusión, una proyección de las ideas del hoy hacia el ayer?

Antes del abordaje, conviene una breve reflexión: es una expresión de nuestro afán clasificatorio encontrar precedentes de todo. Para la novela, por ejemplo, se rastrea una genealogía que se remonta, incluso, a la Epopeya de Gilgamesh, texto sumerio que quizás alcanzó su primera forma escrita entre el largo lapso del 2500 al 2000 a.C. Este récord de una forma literaria escrita, difícil de igualar, también parece compartido con la poesía, pues tal epopeya es también un poema. Pero hay más: en el afán de profundizar en el origen de la ficción habrá incluso quien intente rastros en los balbuceos de los primeros Homo sapiens alrededor de una fogata, relatando lo que ocurrió en la reciente cacería (después de todo, tales relatos tendrían por necesidad una parte de testimonio y otra de fantasía). De esa forma, al clasificar también intentamos encontrar los añosos troncos de los que brotan todas las ramas, incluso los recientes brotes. Eso da tranquilidad: percibimos que no hay nada nuevo bajo el sol y que todo ya fue dicho de cierta forma alguna vez. Incluso, es una treta para dotar del prestigio de lo acumulado a una nueva forma de expresión.

Pero eso puede ser engañoso. Es también una manía intelectual proyectar hacia el pasado lo que se vive en el presente. Ocurre mucho con la lectura de la historia: juzgamos lo que fue dicho o hecho ayer a la luz de lo que queremos decir hoy, en lugar de comprender al ser humano (y sus expresiones intelectuales o anímicas) en su propia circunstancia histórica. Quizás, al intentar encontrar raíces y precedentes en todo, en realidad estamos proyectando la creatividad del presente hacia el origen.

Hecha la reflexión y la advertencia, puedo aventurarme a extraer algunos elementos germinales de la autoficción y la metaficción en Platón, si bien los ensayos sobre estas formas apenas llegan a Unamuno y Azorín, por una parte, y a Cervantes por la otra. Mi atrevimiento es por una razón personal: creo que algunos de los famosos Diálogos pueden ser leídos también como cuentos y no sólo como ensayos filosóficos (que adoptaron la forma del diálogo para su plena comprensión). Después de todo, Platón eligió protagonista a Sócrates, que no escribió nada (eso da cierta comodidad, pues no hay textos de confrontación que descompongan el cuadro literario) y que en los Diálogos va perdiendo su categoría histórica hasta volverse un personaje literario, que incluso dice muchas cosas que el Sócrates de carne y hueso no pudo decir.

La teoría ha clasificado los diálogos en distintas etapas, pero es fácil advertir que existen dos grandes grupos: aquellos diálogos que se distinguen por intentar un reflejo fiel (hasta donde ello es posible) de la personalidad de Sócrates y otros donde aparecen las teorías propias de Platón, utilizando a Sócrates como personaje literario que expresa no sus palabras, sino las del autor (para una revisión de estos agrupamientos es recomendable el Estudio Introductorio de Antonio Alegre Gorri a Platón, I, Gredos, Madrid, 2010. De esta edición se toma la “Apología de Sócrates”, traducida por Julio Calonge Ruiz).

Si tomamos uno de los diálogos, digamos el primero, Apología de Sócrates, encontramos allí algunos elementos de la autoficción y la metaficción. Este diálogo es una pieza literaria que puede ser leída de muchas formas y suscitar las más diversas interpretaciones (recordando a Calvino: es un clásico y quizás uno de los más importantes). Pero, a pesar de reflejar un hecho aparentemente real ―los discursos de defensa de Sócrates frente a la acusación de impiedad y corrupción de la juventud― los expertos dudan que refleje lo que realmente ocurrió, sobre todo por presentar una imagen “moralmente idealizada” de Sócrates. Nos abstendremos aquí de explorar algunas de las muchas interpretaciones y lecturas, para concentrarnos en lo que puede ser importante para este apunte.

La Apología de Sócrates parece ser, a simple vista, una crónica sobre el juicio y la defensa de Sócrates que utiliza un recurso usual de los historiadores griegos: la reproducción de los discursos pronunciados en un momento preciso. Todos los historiadores parecen usarlo y siempre se presentan los discursos como si hubiesen sido grabados con esmero, a pesar de que eso era imposible para la época. Eso indica que fueron escritos de acuerdo con la intención del historiador, que debió interpretar en general lo dicho para luego reelaborarlo en ajuste a su propia memoria (si fue testigo de los hechos), de acuerdo con los testimonios recogidos o con la interpretación posterior de los acontecimientos. La citada Apología se vuelve, entonces, a pesar de la lectura más rigurosa, un texto matizado por la ficción, si bien inspirado en hechos reales.

En efecto, no es posible que las palabras de Sócrates fueran recuperadas de forma literal y eso indica un elemento de creatividad y reconstrucción. Pero vayamos más allá: la autoficción es una trama no real, es decir, que no responde al pacto de veracidad que ofrece la autobiografía, dejando libre “al creador y al lector para imaginar como verosímil la historia inventada que allí se cuenta” (Alberca, 2009). Nadie puede negar que este diálogo ha sido tomado como verosímil, a pesar de que los expertos duden de su completa fidelidad a los hechos. Pero existe un elemento adicional: el propio autor aparece aquí, si bien de forma tangencial. En efecto, Platón es mencionado por Sócrates como uno de los amigos que fungen como fiadores para ofrecer una suma de treinta minas, una pena alternativa frente a la muerte (que terminará por ser rechazada). Entonces el personaje (Sócrates) se refiere al autor (Platón) como uno de los amigos que ponen su nombre al servicio de una fianza, dando verosimilitud al relato.

En cuanto a la metaficción, si bien no aparecen todos los elementos identificados para esa forma literaria, es claro encontrar allí algunos rasgos germinales. Por ejemplo, los discursos ofrecidos por Sócrates no pudieron ser dichos de manera textual por el mismo Sócrates, pero por la mención de Platón como aval podemos inferir que el propio Platón estuvo allí, así que pareciendo un recuento fiel de los hechos incorporan un elemento de diseño creativo en las palabras de los discursos de defensa. Además, como lo señala Carlos Javier García: “al ficcionalizarse el discurso, el lector se siente arrancado de un primer plano de referencia, el de la historia, para ser situado en un segundo plano, el del discurso” (Rollán). Por otra parte, el personaje pareciera por momentos rebelarse y tomar conciencia de sí, como lo hace el propio Sócrates, por momentos refutando acusaciones con un lenguaje jurídico y en otras expresando frases de profunda belleza, como cuando dice: “es necesario que yo me defienda sin medios, como si combatiera sombras, y que argumente sin que nadie me responda”, o bien cuando señala que no podrá adornar su discurso con cuidadosas expresiones y vocablos, sino “con las palabras que me vengan a la boca” (lo cual implicaría que sus palabras fueron escritas como fueron dichas, lo  que ya sabemos es imposible).

Es factible encontrar, además, referencias a otros textos, como cuando Sócrates hace una cita y señala: “Me sucede lo mismo que dice Homero, tampoco yo he nacido de una encina ni de una roca, sino de hombres”. Por si fuera poco, aparecen por allí algunos textos-espejo (en germen), que parecen desdoblarse por medio de nuevos relatos, como cuando Sócrates relata que acudió con sabios afamados, políticos, poetas y artesanos, en microhistorias enlazadas con el discurso original, para averiguar si era cierto lo dicho por el oráculo de Delfos, que él era el más sabio, concluyendo que lo demás creen saber algo y no lo saben, mientras que “yo, así como en efecto no sé, tampoco creo saber”. Por último, este diálogo, como muchos otros, parece engarzar citas, no sólo de otros textos, sino de palabras y dichos de personajes, históricos o ficticios, de la vida ateniense.

Tomé voluntariamente el primero de los diálogos, que es quizás el más difícil para el propósito de este apunte, pero abundan los que reflejan con mayor claridad una u otra característica de las formas de autoficción y metaficción, inscritas en un intercambio de discursos, afirmaciones y dudas que distinguen el ritmo del diálogo mayéutico.

Es posible, claro, que todo lo aquí dicho sea discutible, pero sin duda podremos localizar en Platón algunos rasgos germinales de las formas estudiadas. Lo que sigue en suspenso, eso sí, es indagar si todo posee raíces tan profundas o en realidad estamos atisbando al ayer para explicarnos lo que leemos hoy.

Referencias:

Alberca, M. (2009). Es peligroso asomarse (al interior). Autobriografía vs. Autoficción. Rapsoda. Revista de literatura(1). Obtenido de http://www.ucm.es/info/rapsoda

Rollán, Ó. G. (s.f.). Metaficción.

 

Un comentario sobre “La niña sin alas”, de Paloma Díaz Mas

Fecha: 18 de diciembre de 2019 Categoría: Nueva guía de perplejos Comentarios: 0

 “La niña sin alas”, de Paloma Díaz Mas

Un cuento que se acerca a la perfección, el de Paloma Díaz Mas, La niña sin alas. Comencé a leerlo con pocas ganas, pues anticipé (de forma equivocada) que sería un alegato narrativo por la discapacidad con un mayor o menor esfuerzo descriptivo, y ya se sabe: los textos que caen en la tentación pontificadora, aleccionadora o moralizante, terminan siendo cualquier cosa menos buenos cuentos. Pero no, si bien las primeras páginas nos conducen por algo similar, el cuento nos golpea en la frente con sus líneas finales, sobre todo cuando asistimos a la expresión enfermiza de una madre eligiendo mantener de forma sangrienta la carencia de su hija, todo en el afán de persistir en su delirio de abnegación, de madre ejemplar, de mujer dotada de una misión trascendente, no sólo frente a su pareja sino hacia el resto del mundo.

Debo añadir que el cuento goza de una redacción suave y clara, como si en realidad una madre estuviera narrando su experiencia de vida. Pareciera, incluso, una confesión que una buena señora comparte con las compañeras de alguna agrupación dedicada a dar soporte colectivo a la experiencia de la discapacidad. Eso demuestra que un buen cuento no exige, por necesidad, de un lenguaje complejo y de una trama revuelta, para cumplir su propósito esencial e inscribirse en las grandes líneas del género. En este caso, la redacción a la sombra, con su carga de sorpresa, surge mansa como si fuera una consecuencia natural de la historia relatada. Puede añadirse algo más: si se tratara de elegir un cuento en un hipotético programa de fomento a la lectura, es decir, como una forma de pedagogía social para motivar a los lectores no expertos a adentrarse en el género, una elección lógica sería este cuento y no, por ejemplo, el Bestiario de Julio Cortázar, que exige de más dedicación y experiencia lectora para intentar su destilación.

El cuento de Paloma Díaz, incluso, profundiza en el dramatismo de ciertos abismos de la mente de una forma más eficaz que Sólo vine a hablar por teléfono, de Gabriel García Márquez, pues en este caso se vuelve al manido caso de la reclusión absurda, azarosa y exasperante en un manicomio, donde las previsiones psiquiátricas son antagónicas a cualquier esfuerzo explicativo (claro, los pacientes reales siempre intentan demostrar su “inocencia” con los más enredados y casi veraces monólogos). En cambio, el texto de Paloma Díaz desliza el trastorno como algo casi líquido, que se cuela entre la aparente normalidad del papel de una madre frente a la “injusticia” de tener una hija diferente. Entonces, la aparente “normalidad” se rompe con la irrupción de un rasgo obsesivo y decadente. De esa forma es válido otro supuesto, que en este caso es bastante ilustrativo: si quisiéramos elegir un cuento para ilustrar el tétrico poder de los trastornos psicológicos, no se elegiría el de García Márquez (perdón por pecar contra el gran escritor latinoamericano), sino el de Paloma Díaz.

El texto La Niña sin alas brinda otras posibilidades. Por ejemplo, puede ser ideal para explorar las complejas relaciones que se tejen entre un “cuidador primario” (en el lenguaje médico y psicológico) y el ser a su cuidado, es decir, el paciente. Es una de las relaciones más complejas estudiadas por la psicología de la salud y aún aguardan muchas sorpresas en ella. Algunos de los fenómenos que brotan de esa relación son, por ejemplo, los siguientes:

  • La posible naturaleza enfermiza de las llamadas “redes familiares de apoyo”. Es decir, si bien tales redes son indispensables, pueden transmitir más conflictividad que alivio al paciente, considerando que toda familia proyecta sus propios problemas, tensiones y obsesiones en los casos de enfermedad.
  • La necesidad de atender de forma integral, desde la perspectiva de la terapia psicológica, al núcleo familiar y en especial al “cuidador primario”, no sólo al paciente. Esta necesidad, propia de todo enfoque sistémico, en realidad se desdeña mucho en la práctica, teniendo como resultado a un paciente atendido que puede enfrentar un entorno de dificultad en su propio núcleo familiar.
  • La llamada “homeostasis familiar” en los casos de enfermedades graves o acontecimientos discapacitantes, que obligan a esfuerzos adaptativos en la familia que pueden considerarse funcionales o disfuncionales, incluso francamente enfermizos.
  • La negación, que puede orientarse hacia soluciones meta-científicas, como la brujería, la curación milagrosa, el consumo de productos insólitos y otras técnicas que pueblan el imaginario social y familiar.

Nota: un análisis más detallado de estos procesos puede consultarse en mi propio ensayo: Enfermedad terminal y apoyo familiar, una reflexión desmitificadora, en http://rubencultura.com/nueva-guia-de-perplejos/enfermedad-terminal-y-apoyo-familiar-una-reflexion-desmitificadora

En fin, podrían seguirse enumerando y explicando fenómenos como ésos, pero lo importante aquí es que resulta posible que el cuidador primario, en este caso una madre, desarrolle un tipo especial de obsesión que podría enmarcarse en los criterios de misión, destino, abnegación o renuncia, todo ello en el afán de demostrarse a sí misma y al mundo que estará consagrada a preservar al hijo o la hija diferente. Por eso, el cuento explica en algunos momentos la tensión que surge entre las amistades, que alientan a la madre a “volar”, a que salga más a la calle, a que evite esa forma de entierro en vida. Se trata de los argumentos sin brillo que todas las personas dedican, como en un rosario de penosos lugares comunes, a las madres que enfrentan la enfermedad, el deterioro o la discapacidad de un hijo o una hija. Pero la respuesta de todas las madres es la misma: persistir en la misión sin importar el precio a pagar.

¿Es posible, entonces, que el exceso de amor se vuelva una enfermiza protección?

Si. Existen muchos ejemplos en la vida cotidiana (y en la literatura) que lo confirman.

¿Es posible, también, que esa excesiva protección degenere en un trastorno, en una actitud que puede llevar al cuidador primario (una madre, por ejemplo) a desear que el padecimiento de la hija o el hijo persistan?

Por desgracia también es posible. Es parte de los abismos de una mente como la nuestra, que tantas veces nos lleva a los excesos. Por fortuna allí está la literatura, ofreciendo un espejo para mirarnos y anticiparnos a tales desmesuras.