Un día, cuando tenía poco de morir…

Fecha: 2 de noviembre de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
Un día, cuando tenía poco de morir, decidí aprovechar la oportunidad para visitar a ciertos personajes históricos que admiré en vida. Las calles del lugar eran distintas, como si cada barrio hubiera sido edificado de acuerdo a épocas y estilos propios del gusto personal de cada alma. La casa que buscaba era del tipo neoyorquino, con escalones al pie de la calle. Llegué y toqué la puerta. Mi personaje allí estaba, cómodo pero elegante. Pareció alegrarse de conocerme y me ofreció un café y una copa de anís en su estudio. Una delicia. Puede reconocer entre sus textos muchas de mis lecturas favoritas. También tenía muchas fotos antiguas en blanco y negro, que parecían propias de inmigrantes. Le dije que lo había admirado mucho tiempo y que me parecía una personalidad histórica, aunque controvertida. Se sintió honrado y me preguntó si mi vida había sido satisfactoria. Le dije que sí, aunque añadí me habría gustado hacer más de lo que hice. El suspiró. Añadió que en verdad a todos nos habría gustado hacer algo más de lo que hicimos, pero también hacer algo menos de lo que hicimos. Le dije que estaba de acuerdo.
 
Le pedí que me contara algunos pasajes poco claros de su vida. Lo hizo con soltura. En algún momento me di cuenta que había hecho algunas cosas terribles. Se lo hice saber. Me dijo una frase que sabía le gustaba decir en vida: “you can’t make a cake without breaking some eggs” (no se puede hacer un pastel sin quebrar algunos huevos). Lo dijo en un inglés burdo, contaminado y áspero, propio del Lower East Side, donde creció. Añadió que en realidad las decisiones terribles que tuvo que tomar fueron necesarias, pues de otra forma no se habrían logrado sus objetivos. Estuve de acuerdo. Dijo también que, eso sí, nunca había lastimado a alguien sin que lo mereciera. Me puse a pensar que a veces los personajes históricos pueden ser terribles, pero que dentro de lo terrible pueden hacer el bien. El pareció leer mis pensamientos. Me dijo que había hecho mucho bien en su vida, pero que para hacerlo también debió hacer el mal.
 
La tarde se fue como agua entre los dedos. En algún momento comprendí que debía retirarme y le agradecí todo el tiempo que me había dedicado. Me acompañó a la puerta y me dijo que regresara cuando quisiera. Ya en calle, al pie de los escalones y abajo de un árbol otoñal de hojas rojizas, volví a mirarlo y le hice una última pregunta:
 
“¿Cómo le hizo usted, con tantos pecados a cuestas, para arreglar las cosas y disfrutar de un espacioso departamento en el cielo?”
 
Guardó silencio un momento y me miró con curiosidad. Imaginé que me diría que a veces, aún en medio del mal se hacen cosas buenas, o algo así. Pero no. Me dijo lo siguiente:
 
“¿Aún no te das cuenta que no estamos en el cielo?”
 
Cerró la puerta y yo me quedé un buen rato allí, pensando con horror en todo lo que había hecho y dejado de hacer cuando pude.
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