Dos historias de sismos

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Atisbos Comentarios: 0

Mi abuelita Micaela Munguía me contó que un terrible sismo sorprendió, mientras se bañaba, a un vecino del centro de la ciudad de Colima. Al salir desnudo a la calle alcanzó a cubrir sus “vergüenzas” con un cuadro del Sagrado Corazón que tenía a la entrada de su casa. Para disimular se le ocurrió aprovechar la circunstancia y repetir a los vecinos, casi a gritos: “adoren al Divino Rostro, adoren al Divino Rostro”. Ignorando el pobre que la tela de la imagen se había caído en algún momento y sólo sostenía el marco del cuadro frente a las asombradas familias que lo miraban.

Me contó también —quizás con un interés pedagógico, pues yo era muy rebelde para ir a misa— que cuando fue niña, cerca de su casa (por el templo de La Merced, en Colima) vivía un profesor que era un “ateo horroroso”, que no perdía oportunidad para negar la religión y señalar como ignorantes a quienes la profesaban. El día que un terrible sismo sacudió a Colima, el ateo (nunca me dijo su nombre) salió a la calle y comenzó a gritar, aterrado: “¡detente, oh madre naturaleza!, ¡detente, oh madre naturaleza!” Decía mi abuelita que la naturaleza debió escucharlo, pues de repente “cuarralás” (una expresión que usaba para describir un estruendo, a la que acompañaba de un seco golpe del dorso de su mano contra la palma de la otra), un alto muro se derrumbó, “dejándolo bien muerto”.

Quizás por esas historias siempre tengo a la mano una bata o incluso algún pantalón ligero mientras me doy un baño. Quizás por eso, también, nunca me volví ateo, así que las anécdotas cumplieron su propósito.

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