Mirando sin luz

Fecha: 1 de diciembre de 2017 Categoría: Atisbos Comentarios: 0

Bajé a la playa casi al atardecer. Encontré una multitud a la espera de la puesta del sol. En este mes es algo soberbio. El sol desciende y el horizonte se tiñe de un extraño velo con tintes de grana. El juego cromático es digno de la memoria, pero imposible describir en unas cuantas líneas. Es también inasible: siempre que se le intenta aprehender con palabras, el atardecer escapa y se burla de cualquier esfuerzo. Pero no sólo es el color: el mismo momento parece evadirse del tiempo. El sol queda suspendido antes de hundirse y apagarse. Es un instante mágico que todos quieren conservar en una imagen o dejar grabado en sus retinas. Miré a los lados. La multitud estaba en éxtasis, arrebolada. Algunos apuntaban con sus celulares, uno más usaba una cámara de vídeo. En todos se advertía una extraña emoción. Incluso creí ver alguna lágrima correr en un rostro surcado por los años. Antes de la oscuridad final, cierta luminosidad siguió alegrando al mar con tonos azulados, como vetas minerales que hipnotizaron un poco más a los curiosos. Llegó por fin la oscuridad. Las personas se volvieron sombras y comenzaron a retirarse. Esperé un poco más y quedé en soledad, parado en la playa, mirando un mar en tinieblas. Alguien se acercó hacia mí y me dijo con voz educada: “amigo, ya pasó el atardecer”. Le respondí con voz seca: “no vine a mirar el atardecer. Sólo estaba esperando que pasara. Vine a sentir la oscuridad”. Me pidió disculpas y se alejó. Yo me quedé horas allí, en medio de una noche sin luna, disfrutando un mar oscuro sólo para mí. Un mar que podía reposar, por fin, de tantas absurdas luces y tantas lascivas miradas.

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