Newman y Redford desde el sillón de mi casa…

Fecha: 17 de junio de 2010 Categoría: Casa de Empeños Comentarios: 0

Ayer vi a Paul Newman y Robert Redford, dos de los actores más carismáticos de la historia del cine norteamericano, en un breve pero delicioso reportaje grabado un poco antes de la muerte de Newman. Ambos trotando a paso suave por la ancianidad, pero jamás decrépitos. Astutos, inteligentes, reposados, creativos, altruistas, reflexivos y algo más. Parecen poseer una extraña fuerza interior, un poder propio que aguarda, una energía callada que los transformaría, si así quisieran, en algo peligroso. Pero no se trata de una fuerza del mal, sino del bien, como si fueran dos experimentados guerreros en la etapa del consejo, de la capitanía, de la estrategia. Quizás la analogía apropiada sea la de senadores romanos: hombres ricos, relajados y elegantes; entrados en años; aguardando a que todo se haga bien; mirando de reojo los retozos de los más jóvenes; listos para empuñar otra vez las armas (si la vida quisiera concederles una última aventura). Los vi juntos, como los buenos amigos que siempre fueron, cómodos, charlando de lo buena que fue su vida y de un par de cosas que les falta por hacer.

El primero en escena fue Redford, ataviado con mezclilla y playera negra. Newman apareció un poco después, de blanco, anfitrión de una casa campestre que asemeja un viejo granero (y que quizás lo fue), con imágenes y premios colgando de las paredes de madera.

Newman propuso visitar un viejo teatro de la localidad, muy querido para él, un teatro de provincia, de los buenos, donde tuvieron sus primeras tablas muchos de los grandes. Para los Newman (Paul y su mujer), ese teatro es un símbolo y como tal se propusieron reconstruirlo. Estaba ruinoso cuando regresaron al pueblo, veinticinco años después. Le dedicaron recursos, alentaron a donadores, se asesoraron y lo dejaron mejor que nuevo.

Newman y Redford llegan al teatro. Se sientan en unas butacas color cardenal y platican frente a la cámara. La cámara los adora, por supuesto, pero ellos la incluyen con naturalidad entre sus frases y gestos, como si fuera una buena amiga, silente pero atenta. Newman recuerda sus primeros pasos por el cine, las primeras críticas que trataron de arruinarlo, sus empeños, sus éxitos. Redford lo secunda. Ninguno parece tomarse demasiado en serio. Saben que su trabajo está allí, pero no intentan juzgarlo ni se preocupan por lo que la historia dirá de ellos. Lo que parece interesarles es lo que hacen hoy, no lo que dirán de ellos mañana.

Newman conduce carros de carreras. Comenzó a los 47 años y a los ochenta sigue compitiendo. Lo dice como si fuera cualquier cosa. Incluso, tiene algunos buenos trofeos de campeonato. Los contempla. Le dan más satisfacciones que los óscares, según dice, y explica: “me gusta correr, porque todo lo que traigo en la cabeza sale disparado por la ventana”. Suena bien (Me prometo intentarlo para mi siguiente vida)

Pero Newman no solo corre: hace algunos años inició un proyecto de apoyo a niños con enfermedades terminales. Se trata de ranchos donde los niños duermen, pasean a caballo, pescan, ríen. Niños que morirán, si eso que enfrentan sigue, pero Newman no quiere que pierdan la niñez ni que dejen de sonreír. Ya tiene tres o cuatro en su país, otro en Inglaterra, otro en Francia, otros dos o tres en África, y todos son gratuitos.

Redford, por su parte, sigue en el cine. Ahora produce y dirige, pero también actúa de vez en cuando (el viejo romano se mantiene activo). También posee algunos proyectos humanitarios y se divierte con ellos.

Es que la vida fue tan buena que no hay razón para quedarse con todo. Mejor devolverle algo. «Qué afortunados fuimos», parecen decir ambos.  «Qué afortunados somos todavía», parecen decir de nuevo. Qué afortunado soy yo al verlos sonreír desde mi cómodo sillón en un momento que es sólo para mí.

Y en la plática, de vez en vez, brillan destellos de reposada sabiduría. Ríen. Salen del teatro. Nadie los persigue. Quizás en ese pueblo estén acostumbrados a verlos. Yo les rogaría una foto, una entrevista, un saludo, les hablaría de un Golpe, de Butch Cassidy y Sundance Kid, de los Días del Cóndor, del Gran Gatsby o del Camino a Perdición.

Yo los saludaría y los volvería a saludar, para ver si algo de ellos, de su Fortuna, talento y reposada inteligencia, se queda pegado conmigo y para siempre. Pero ya no hay tiempo. Se despiden. Ya se van. Suben cada cual a su coche y me apresuro a gritar:

Salud, par de abuelos… ¡Qué alegría verlos otra vez!

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