De cómo entendí a Rulfo paseando por aquel llano, una vez en llamas…

Fecha: 3 de agosto de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 1

La piedra en el erial. Hace algunos años fui a escuchar a un reconocido escritor mexicano, en la sala audiovisual de Casa de Cultura de Colima, la misma que después de una existencia precaria fue remodelada y hoy se llama “Alberto Isaac”. El conferencista analizó a los personajes mejor construidos en la literatura mexicana. La referencia inevitable fue Juan Rulfo, que dejó algunos inolvidables en Pedro Páramo y en sus cuentos de El Llano en Llamas. Dijo que estos personajes poseían una personalidad dominante y atractiva, además que la elección de su nombre fue un acierto. Por ejemplo, el de Pedro Páramo es fabuloso, una piedra en el erial. Un nombre que revela su personalidad: algo pétreo y persistente colocado en un terreno poco agradable e incluso inhóspito. Otro ejemplo es fascinante: Susana San Juan, que al leerlo o pronunciarlo evoca sensualidad, deseo, ansiedad. El conferencista se perdió por aquí un poco y se quedó entretenido con Rulfo, lo cual no es de extrañar, siendo su obra tan fascinante y llena de recovecos.

La letra inicial. Mientras el conferencista hablaba yo recordé a los personajes de otro escritor, muy distinto de Rulfo, nada menos que Stan Lee, esa figura legendaria del cómic norteamericano. Lee dijo que para construir algunos de sus personajes utilizó un método especial para fijarlos en la memoria: intentó la misma letra inicial en su nombre y apellido. Tenemos así a Peter Parker (el joven que se convertiría en el Hombre Araña), Bruce Banner (el científico que se volvería Hulk), Reed Richards (el líder de Los Cuatro Fantásticos) y otros más. Quizás Rulfo diseñó una estrategia literaria similar, pues algunos de sus personajes inolvidables ostentan la misma letra inicial en su nombre y apellido. Si, ya sé… ¿a quién se le ocurre recordar a Stan Lee mientras se habla de Rulfo? Estoy de acuerdo y ustedes perdonarán tales asociaciones pero mi cabeza es así: une lo que no debería unirse y casi siempre termina hecha bolas.

Vine a Comala. Estaba ensimismado en esas extrañas conexiones cuando algo hizo que me despertara. El ponente dijo: “vine emocionado a Comala, ansiaba conocer al Comala de Rulfo, pero aquí los maestros de la Universidad de Colima ya me desilusionaron, me dijeron que el Comala al que hace referencia Rulfo no es precisamente éste, el de ustedes, sino alguna población de la región sur de Jalisco, quizás San Gabriel, quizás Tuxcacuesco. Para contentarme de todos modos me llevarán a Comala, pero para bebernos un ponche. Ustedes están invitados”

Por poco me levanto de mi lugar a protestar. Lo que el escritor dijo no era errático en sí mismo, pero sentí que atrás de la afirmación aguardaba una trampa (soy desconfiado por naturaleza con quienes gustan de afirmaciones tajantes, como si no quedara resquicio para la duda razonable). Algunos de los maestros universitarios, colimenses todos ellos, estaban por allí cómodamente sentados, disfrutando la conferencia y asintiendo a las palabras del ponente. Al final me acerqué a uno y le dije: “Recuerdo que en Pedro Páramo, Rulfo describe a Comala y la sitúa detrás del puerto de los colimotes. Si menciona a los colimotes pues con toda seguridad se refiere al Comala que conocemos, pues no hay colimotes en San Gabriel ni en Tuxcacuesco. Los colimotes son de Colima”.

El maestro universitario guardó silencio por un momento. Parecía darle un poco de flojera mi comentario, lo cual no era raro, pues yo era joven entonces y no frecuentaba los pequeños círculos de los aficionados a las letras, así que no era conocido en el ambiente cultural. Terminó respondiéndome que volvería a leer ese pasaje y luego lo comentaría conmigo, que por lo pronto los acompañara a beber ese ponche a Comala, lo cual hice, claro, pues no hay colimense que se niegue a esas amables invitaciones. De cualquier forma, me quedé con la inquietud por mucho tiempo.

El condado imaginario. Por supuesto, el Comala de Rulfo no es precisamente el Comala que todos conocemos, esa bella población y cabecera municipal, a medio camino entre la capital del estado y las propias faldas del Volcán de Fuego. Rulfo era un novelista y un cuentista, no un cronista de la vida municipal, así que su Comala es un lugar reconstruido donde se vuelcan sus propias vivencias, se revuelve la geografía y se mezcla la peculiar oralidad de los pueblos de esa región, el sur de Jalisco, donde nació y vivió sus primeros años. Comala, si se me permite la comparación, es para el Rulfo de Pedro Páramo algo así como el condado de Yoknapatawpha para Faulkner. Pero eso no quiere decir, en automático, que el nombre que le dio a ese lugar, “Comala”, sea totalmente azaroso o sólo porque le parecía atractivo en términos literarios. Quizás ese Comala poseía cierto asidero en la realidad (como también lo tenía Yoknapatawpha con el condado de Lafayette, en Mississippi, según los expertos). Además, si algo enseña la atenta lectura de Rulfo es que no existe una palabra de más en su literatura. Todo está allí por algo.

Rulfo en la banca del jardín. Con los años escuché muchas versiones sobre el conocimiento de Comala por Rulfo desde su niñez o juventud (algunas sostienen que era amigo personal del artista Alejandro Rangel Hidalgo, otras que acompañaba a sus familiares en visitas ocasionales a Colima y algunas más hasta sostienen que vivió por aquí en cierto periodo de su vida), pero intuyo que tales versiones forman parte de otro territorio: el de la crónica y la especulación, el de la charla ocasional y el rumor cultural.

Lo cierto es que sólo se conoce una fotografía de Rulfo en Comala, cuando el escritor ya lo era. Es una foto donde aparece cómodamente sentado, al parecer en una de las bancas del jardín principal de la comunidad (en la banca se lee: “Ejido de Comala”), mientras conversa con Carlos Velo, director de la película Pedro Páramo, de 1967. Esa película fue un serio intento por trasladar al cine una obra literaria compleja. Participaron allí escritores y cineastas como Carlos Fuentes (guión), Manuel Barbachano Ponce (producción) y Gabriel Figueroa (fotografía), con actores como Ignacio López Tarso, Pilar Pellicer, Alfonso Arau y muchos más. A pesar de todo el resultado es decepcionante. La película parece diluirse con los años en lugar de afirmarse, lo cual dice mucho sobre ella. Aún así vale la pena verla otra vez, tan sólo por algunas curiosidades, como lo es la participación de John Gavin en el papel de Pedro Páramo. Gavin, un experimentando actor (es el Julio César de la histórica película Espartaco, de 1960) y dirigente sindical de Hollywood, sería el embajador norteamericano en México durante la administración de su amigo, el también actor Ronald Reagan.

Capital Cultural. En 2013 fui a recibir al aeropuerto de Colima a don Xavier Tudela, presidente del Bureau Internacional de Capitales Culturales. Llegaba para anunciar, en una rueda de prensa, que nuestra entidad había sido seleccionada como Capital Americana de la Cultura 2014. Tal distinción había sido resultado de un complejo proceso competitivo frente a otras entidades del país y de América Latina. Cuando nos trasladábamos a la rueda de prensa donde se anunciaría el resultado, el invitado me advirtió: “una de mis experiencias con la organización del modelo Capital Americana de la Cultura es que ustedes, los latinoamericanos, son muy desconfiados hacia esa distinción. Si los periodistas cuestionan déjame a mí responder”. No entendí el comentario y le pedí que abundara. Me dijo que en cada ocasión que había otorgado tal nombramiento (y ya eran catorce años de hacerlo) surgían algunos cuestionamientos, como si para nuestras sociedades fuera difícil aceptar que poseen el mérito suficiente para ostentar un reconocimiento internacional. Me quedé intrigado, pero tuve la oportunidad, unos momentos después, de comprobar su dicho.

Cuestionamientos. Como Xavier Tudela lo previó, en la rueda de prensa recibimos muchos cuestionamientos: ¿cuánto había costado el reconocimiento?, ¿de qué méritos gozábamos los colimenses para destacar en lo cultural?, ¿acaso habíamos obtenido el triunfo frente a entidades con más méritos culturales?, etc. El presidente del organismo internacional respondió a todo con paciencia: “No, no había costado nada… el nombramiento, fue resultado de un proceso competitivo donde la entidad debió acreditar su trabajo cultural… Colima tiene muchos méritos, entre ellos es innovadora en algunas interesantes políticas culturales como la distribución masiva de libros gratuitos… sí, otras entidades participaron pero Colima acreditó un mayor esfuerzo cultural durante el año precedente”, y así siguió hasta que los cuestionamientos se agotaron.

La experiencia me fue muy útil, pues los cuestionamientos siguieron presentándose —a cuentagotas, pero de forma constante— durante el año de la capitalidad cultural y en todos los casos debí responder con paciencia y comedimiento. Por fortuna, fueron mucho más abundantes los motivos de alegría y satisfacción, así como las expresiones de orgullo, pero aún hoy, ya pasada la celebración, encuentro uno que otro comentario crítico desconfiando del mérito de Colima para ser considerada para un reconocimiento internacional. En esos casos suspiro un poco y vuelvo a presentar los argumentos. A final de cuentas, la nación es un plebiscito de todos los días, lo dijo Renan, y todo lo que se hace en una institución cultural también.

Proyecciones. Aquella rueda de prensa me hizo recordar algo que me dijo una importante funcionaria federal: proyectamos hacia los demás nuestras propias dolencias y deficiencias, a tal grado que nos decepcionamos si los demás no las comparten. En efecto, si tenemos tendencias a la corrupción esperamos que los otros también las tengan y si nos sentimos incapaces esperamos que todos sean tan incapaces como nosotros. Para esta funcionaria, muchos de los airados debates que sostiene la sociedad frente a sus gobernantes tienen origen en esa distorsión. Casi recuerdo al pie de la letra sus palabras: “es un juego de espejos y en esos espejos rebota la incomprensión”. El comentario me pareció inteligente y lo conservé. Con el tiempo me di cuenta que así sucede: proyectamos lo que somos y esperamos de los demás que quepan en los estrechos cajones donde los acomodamos. Queremos que todos estén por abajo de la medida que les concedemos: la nuestra.

Un ejemplo que viene mucho a nosotros es el de los restos arqueológicos de algunas civilizaciones antiguas, como las pirámides mayas o egipcias. Si tales ruinas indican un avanzado conocimiento de astronomía o un complejo desarrollo del cálculo, inmediatamente reducimos tales avances a nuestras propias insuficiencias y decimos: “eso es imposible, si soy un ser humano moderno e ignoro tales detalles astronómicos y soy incapaz de cálculos tan especializados, menos lo pudieron lograr aquellos bárbaros de la casi prehistoria. Imposible, sin duda no fueron humanos los que consiguieron esos avances, debieron ser extraterrestres”. Claro, se nos escapa que la astronomía y el cálculo deben ser estudiados y que sólo unos cuantos, tanto ayer como hoy, tienen la paciencia, el talento y la devoción para dedicarse a ciertas ramas del conocimiento, pero como nosotros no lo podemos hacer proyectamos como imposible el logro del ayer y la respuesta es la descalificación.

Negaciones. No pude evitar que el recuerdo de esas experiencias se ligara al otro recuerdo, el de aquella charla literaria donde surgió el comentario de Comala. Tuve la sospecha de que aquella negación irreflexiva hacia el Comala rulfiano, es decir, aquella insistencia acerca de que Rulfo no pensó en nuestro Comala, sino en otro Comala, tenía mucho que ver con esa sensación de minusvalía cultural que padecemos algunos de nosotros. Entiendo que el término “minusvalía” pueda sonar duro, pero no encuentro otro más apropiado: sentimos que nuestra valía es menor si la comparamos con los merecimientos de otros. Es decir, no creemos ser merecedores de la grandeza, de cualquier tipo de grandeza, y teniendo tal lastre en nuestras conciencias resulta difícil aceptar que una obra inmortal tenga como referencia a un Comala tan cercano a nuestra vida cotidiana. Siguiendo esa lógica es algo imposible, debe haber algún error y por tanto Rulfo debió inspirarse en otro lugar, sea en San Gabriel, sea en Tuxcacuesco, sea en cualquier pueblo lejano (apenas) de nosotros.

Colima en el Páramo. Lo curioso es que quienes sostienen con mayor firmeza que el Comala de Rulfo no es el Comala de Colima son quienes menos acreditan la lectura de su obra. En una ocasión, mientras escuchaba a alguien que sostenía con vehemencia tal afirmación, le pregunté: “¿Si no se refiere Rulfo a este Comala para qué menciona a Colima?”. El aludido se mostró sorprendido y hasta negó que en la obra apareciera el nombre de Colima (hasta pena me dio). Pero si aparece y de la forma siguiente:

Eduviges Dyada platica con Juan Preciado, le cuenta la historia de Dolores o “Doloritas”, madre de Juan y cómo fue que se alejó de Pedro Páramo y de su hacienda, la Media Luna, para siempre. Doloritas habría suspirado, extrañando a su hermana y Pedro aprovechó la oportunidad para deshacerse de ella, enviándola a donde la hermana vivía (después sabremos que vivía en Colima). Juan interrumpe la historia diciendo: “Vivíamos en Colima arrimados a la tía Gertrudis que nos echaba en cara nuestra carga.”

Si, la hermana de Doloritas recibe a una hermana que ya no puede regresar con el marido, un marido que no envía por ella y que la deja en abandono junto con su hijo, sin siquiera preocuparle de qué vivirán. Cuando Eduviges lo interroga sobre eso, Pedro Páramo responde: “Que Dios los asista.”

Puede deducirse de la obra que Juan Preciado y su madre vivieron un tiempo en Colima y después emigraron a algún pueblo del sur de Jalisco, pues cuando Juan viene a Comala parece descender (desde el sur de Jalisco da una impresión de descenso, de acercarse al mar, el traslado a Colima) y compara la soledad de Comala, en “la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde”, con lo que había visto en Sayula, “todavía ayer, a esta misma hora”.

En otro momento es mencionado Colima. Pedro Páramo quiere saldar las deudas heredadas y pregunta por “las Preciados”. Fulgor Sedano, el administrador o mayordomo de La Media Luna, le informa: “Tengo entendido que una de ellas, Matilde, se fue a vivir a la ciudad. No sé si a Guadalajara o a Colima”.

El puerto de Los Colimotes. Pero a todo esto, ¿cuál es aquél párrafo de Pedro Páramo donde habla del extraño “puerto de Los Colimotes” (en mayúsculas, como indicando un nombre propio, en el original)?

Juan Preciado camina hacia Comala y dialoga con aquel arriero que encontró en un cruce de caminos llamado “Los Encuentros”, mientras recuerda a su madre que vivió suspirando por Comala y por el retorno, aunque jamás volvió. Ahora Juan viene su lugar. “Traigo los ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver”. De repente recuerda la voz secreta, casi apagada de su madre y la cita (entre comillas y con cursivas en el original):

“Hay allí, pasando el puerto de Los Colimotes, la vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde ese lugar se ve Comala, blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”

Ese párrafo me obsesionó durante años y hasta hace muy poco pude responderlo del todo. Es cierto, se habla de “Los Colimotes”, un gentilicio que ya cayó un poco en desuso, siendo sustituido en los últimos años por “colimenses”, pero fue de uso común durante las primeras décadas del siglo XX. Incluso aparece en una de las grandes obras literarias de la entidad: los Cuentos Colimotes de Gregorio Torres Quintero. Pero lo que no queda claro es a qué puerto se refiere. No podía ser el de Manzanillo, el puerto de Colima, pues Manzanillo queda muy lejos de Comala como para constituir referencia geográfica para unos andariegos.

A lo largo de los años interrogué a maestros de literatura y conocedores de la obra de Rulfo sobre este punto, pero no encontré ninguna respuesta que fuera satisfactoria. Lo que parecía quedar claro es que el escritor hacía referencia a la Comala colimense, pues de otra forma no habría mencionado a “Los Colimotes”, pero nada más. Aquí es necesario insistir: Rulfo no dejó nada en su literatura al azar. Todas sus palabras encajan perfectamente y al leerlas se percibe que están allí por algo, así que la palabra “puerto” y la forma en que está colocada en el párrafo citado, haciendo alusión a un sitio concreto, no pueden ser azarosas.

El fotógrafo. Aquí aparece en esta historia un conocido fotógrafo colimense, Javier Flores. Una vez trabajamos en un proyecto común: una suerte de apuntes de barrios colimenses que yo intenté, combinados con fotografías del propio Javier. El proyecto no cuajó, pero la amistad siguió. Cuando llegué a la Secretaría de Cultura, Javier ya estaba allí y ya acumulamos nueve años compartiendo buenos momentos laborales. El caso es que descubrimos que somos aficionados a las caminatas por senderos poco hollados y a tales aficiones se incorporaron un buen número de compañeras y compañeros de la institución donde trabajamos. Como resultado de tales andanzas hemos subido a cerros de todo el territorio colimense, siempre buscando un buen lugar para tomar alguna fotografía o deleitarnos un poco con el paisaje.

Un día, Javier me invitó a recorrer las poblaciones del sur de Jalisco, ese territorio que el propio Rulfo reflejó en el cuento El Llano en llamas, que da título al libro. El cuento atiende a un periodo de la insurrección de aquella zona, la de Tuxcacuesco y sus alrededores, la zona que Rulfo llama “del Llano Grande”, donde se mencionan poblaciones y se anotan referencias geográficas reales como el cañón del Tozín, el río Armería, Zapotitlán, Sayula, el Cerro Grande, el volcán (que por supuesto es el de Colima) y donde se entremezclan las andanzas de algunos insurrectos legendarios del rumbo, como Pedro Zamora. El narrador es “Pichón”, quien al final, saliendo de la cárcel por otros delitos, se queda con una de las muchas mujeres que violó y que le da un hijo, igualito a él y con algo de maldad en la mirada. Un hijo al que también le dicen “el Pichón”, pero que según la mujer “no es ningún bandido ni ningún asesino”.

Por aquel llano, una vez en llamas. El viaje fue fabuloso, digno de la memoria. Nos fuimos en coche por aquellos caminos el fotógrafo Javier Flores, Juan José Murguía y yo. Salimos de Colima hacia Minatitlán. A medio camino tomamos una desviación hacia el pueblo de San Antonio y pasamos por otro pueblo llamado la Loma (por allí termina el territorio de Colima e inicia el de Jalisco). Seguimos hacia el cerro de Tozín o El Tajo, un camino viejo de arrieros que atraviesa los cerros, usado por generaciones. Javier me contó que por esa misma ruta, generaciones atrás, su familia había bajado de Tonaya para vacacionar unos días en la playa de Colima. Llegamos al pueblo San Pedro Tozín y atravesamos un camino viejo rodeado de sauces llorones que llega al río que allí se llama San Pedro, el mismo que más tarde se llama Río Armería y que Rulfo menciona en sus cuentos. Al cruzar el río nos encontramos a una comunidad llamada Paso Real y más tarde llegamos al cruce llamado Cuatro Caminos. Ese cruce quizás sea el lugar que Rulfo llama “Los Encuentros”, pues allí se encuentran los caminos que llevan hacia San Gabriel, hacia la Sierra donde está Tapalpa, hacia Tuxcacuesco, Tonaya, El Grullo y Autlán, hacia Zapotitlán de Vadillo y hacia Ciudad Guzmán (o Zapotlán el Grande, la tierra de Juan José Arreola).

Fuimos a San Gabriel, donde nos sentamos a beber un café y conocer el templo, donde se adora al Cristo de San Juan de Amula (el nombre de “Amula” o “Amulan” es el antiguo nombre de la región para las poblaciones indígenas). También fuimos a una lonchería donde se conservan viejas fotografías de José Mojica, el famoso actor y cantante que después de un considerable éxito en el cine norteamericano y nacional, experimentó una conversión religiosa, ingresando a un seminario franciscano en Perú y volviéndose Fray José de Guadalupe Mojica.

Huérfanos. Al ver las fotografías de José Mojica recordé que tanto él, como Juan Rulfo y su personaje Juan Preciado experimentaron la pérdida del padre y el apego a la madre. Mojica, nacido en San Gabriel en 1896, pierde al poco tiempo a su padre y emigra con su madre a la Ciudad de México, donde realiza sus primeros estudios. Con el tiempo se trasladaría a New York, a Hollywood y Chicago, para seguir la senda de su propia historia. Rulfo nació el 16 de mayo de 1917 (algunas biografías se contradicen al respecto). La controversia también aparece con el lugar de su nacimiento, pero la versión más aceptada indica que nació en la casa familiar de Apulco, Jalisco, aunque fue registrado en la ciudad de Sayula, donde se conserva su acta de nacimiento. También vivió en la pequeña población de San Gabriel, pero las tempranas muertes de su padre (1923) y de su madre poco después (1927), obligaron a sus familiares a inscribirlo en un internado en Guadalajara. Con los años se volvería escritor y (faceta poco conocida) un excelente fotógrafo. El personaje Juan Preciado, por su parte, pierde a su madre y regresa a Comala para cumplirle la promesa de buscar a su padre y exigirle lo suyo, aquello que nunca les dio (que incluso les arrebató, podríamos añadir).

El puerto a la vista. Regresamos por Cuatro Caminos para enfilar hacia Zapotitlán de Vadillo. Mientras bajamos por allí para bebernos un mezcal y comer algo, recordé aquella referencia de Rulfo, “el puerto de Los Colimotes”. Lo comenté con los amigos. Javier me señaló al horizonte, diciendo: “allí está el Puerto de los Colimotes”. Yo miré hacia donde señalaba. No entendí su comentario. A lo lejos se divisaban dos grandes masas oscuras: una del lado derecho desde esa perspectiva, era la del llamado Cerro Grande; otra el mismo Volcán de Fuego, al lado izquierdo. Seguía sin entender, hasta que Javier me lo explicó: “para la gente de campo un puerto no es el lugar donde atracan los barcos, es el paso entre dos cerros, o como en este caso, entre el Cerro Grande y el Volcán de Fuego. Si pasas por ese puerto, derechito llegas a Comala”.

En efecto, la tercera acepción del Diccionario de uso del español, de María Moliner, nos dice: “Paso accesible entre montañas. Por extensión, sus alrededores o la montaña misma donde está”. Todo quedó claro de repente. Para la gente de esa zona, por lo menos en la época de la niñez de Rulfo, el “puerto de Los Colimotes” era ese ancho paso en medio de dos grandes masas orográficas, por el cual podía el caminante seguir una ruta segura hacia el sur, o lo que es lo mismo, descender hacia Comala o más allá.

Otra vez el mismo puerto. La referencia a ese “puerto” tiene otros momentos en la literatura de Rulfo. En el ya citado cuento, El Llano en llamas, el narrador describe a unos insurrectos de tierra fría, que se decían de Mazamitla y que siempre andaban ensarapados. “A estos últimos se les quitaba el hambre con el calor, y por eso Pedro Zamora los mandó a cuidar el puerto de Los Volcanes allá arriba, donde no había sino pura arena y rocas lavadas por el viento”. Aquí a ese puerto, si es el mismo de Los Colimotes, se le dice de “Los Volcanes”, pero quizás se trate de otro, situado a la mitad de los dos volcanes, el de Fuego y el Nevado de Colima, esos mismos volcanes que si son vistos desde el valle de Colima (y en ciertas fechas propicias) dan la impresión de ser gemelos antagónicos: ígneo uno y nevado el otro.

Por cierto, cuando leí ese cuento la primera vez, quizás a los doce o trece años, sentí tan cercana el habla y las referencias geográficas que lo imaginé escrito por un colimense. Duré mucho tiempo con esa sensación e incluso, en un párrafo que se menciona un sitio llamado “la Piedra Lisa”, lo identifiqué con el conocido parque o jardín del mismo nombre situado en la ciudad de Colima, lo cual es absurdo pues quedaría demasiado lejos del escenario donde ocurre el cuento. Aún así, es inquietante que Rulfo eligiera un nombre tan específico, idéntico al de la piedra colimense, una piedra especial, resbaladilla de toda la niñez nativa y símbolo de la calidez de la entidad hacia los visitantes, los de afuera, pues el que por ella se resbala se queda o regresa algún día. Quizás es una coincidencia y existe una piedra así por esas laderas donde situó su cuento, tan grande y lisa que es por sí misma una referencia geográfica, o quizás, sólo quizás, Rulfo escuchó alguna vez de la famosa piedra de Colima y retomó su nombre para colocarla en el escenario, mitad real, mitad imaginario, donde ocurren las aventuras y desventuras de los rebeldes bajo el mando de Pedro Zamora.

Otras extravagancias. Por supuesto, una literatura tan fértil como la de Rulfo es susceptible de interpretaciones inagotables. Una de ellas fue la de un entusiasta comalteco, en una charla ocasional, mientras hablábamos de Rulfo. Me dijo que había otra referencia directa a la Comala colimense en el Pedro Páramo. En el mismo caminar de Juan Preciado hacia Comala, acompañado por aquel arriero que también sería un hijo de Pedro Páramo, se dice:

Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.

El Camino subía y bajaba: “Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja”.

Yo seguía sin entender la conexión. El comalteco me dijo que era una referencia obvia a la Zona Mágica, ese trecho del camino a Comala, conocido por todos los colimenses, donde los vehículos de motor, al quedar en punto neutro, suben (pareciendo desafiar la gravedad) en lugar de deslizarse por la pendiente. Hasta el momento no hay explicación para el fenómeno (y los colimenses no queremos encontrarla). Lo más probable es que sea un efecto óptico, pero no cabe duda de su rareza. Lo cierto es que la llamada Zona Mágica es un fenómeno reciente y no creo que fuera conocida por la época en que Rulfo escribió su Pedro Páramo. Eso sí, aquel camino hacia Comala es un descenso continuo si se camina en ese sentido y si se va al revés, de Comala hacia los rumbos del volcán, el camino es un ascenso. De esa forma, sube o baja según se va o se viene. En fin, todo lo que tiene que ver con Comala parece tener algo de extraño y eso mismo debió percibirlo Rulfo desde su mirador literario, de aquel lado del volcán.

Los conocedores. La historia no termina aquí. Desde que Javier Flores me mostró el puerto de Los Colimotes trato de compartir con todos los que me quieren escuchar ese “descubrimiento”. Para mí lo es, claro, pues duré muchos años sin resolverlo y con quienes lo platiqué a tiempo no supieron esclarecerlo, por lo menos no de la forma en que lo hizo ese andariego fotógrafo.

El caso es que ahora que lo comparto, apenas voy terminando la explicación cuando ya me dicen que eso es algo obvio, que ya lo sabían, que quizás nunca se lo pregunté a las personas indicadas. Cierto, pudo ser eso, pero por las dudas lo dejo anotado, como lo hago aquí, por si algún curioso (como lo fui yo) encuentra en estos apuntes alguna respuesta o al menos la ruta para llegar a ella. Otra aclaración es necesaria: no intento con estas notas contrariar a ningún especialista en la obra de Rulfo. Sólo anotar algo que quizás ellos no hayan considerado del todo, pues para hacerlo se requiere conocer la región y mirarla como la ven sus habitantes. Lo que aquí se dice no es cosa mía nada más, yo sólo se las entero, como le dice uno de los levantados en armas al propio Pedro Páramo.

Rulfo bien pudo inspirarse en muchos pueblos para construir su Comala. Pero, eso sí, por algo le puso el nombre de Comala.

 

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Comentarios

  1. Gracias por compartir esta experiencia y conocimiento. Hace tres años, comenzando 2018, recorrí de Colima hasta Zapotitlán, el pueblo de mi padre, y por fin entendí lo que era el Cerro Grande, y de lejos ví El Petacal. Y ahora tengo una forma de imaginar que también conocí «un puerto» en aquellas lomas y barrancas. Gracias.