De un hombre en celo haciendo el ridículo…

Fecha: 3 de octubre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Crecer es algo difícil. Mujeres y hombres enfrentan retos y peligros. Es como caminar por un sendero estrecho al lado de un abismo. El otro día tuve oportunidad de recordarlo. Esperaba turno para comprar boletos para el cine. Una pareja hacía fila unos lugares adelante. Se veía que estaban en sus primeras citas. El más maduro que ella por algunos años. Atrás de ellos esperaba un muchacho de unos diecisiete, alto y fornido para su edad pero todavía con la cara de adolescente. En algún momento algo le molestó al señor de adelante. Quizás lo rozó un poco sin querer. El problema fue su reacción. Era desmedida, absurda, desproporcionada.. Casi le gritaba al muchacho y lo miraba con ferocidad. Yo viví esa escena muchas veces. De muchacho me pasó. Como tenia el cuerpo grande pero conservaba la cara de niño fui un presa fácil para traumados que se aprovechaban de la ocasión. Sucede que algunos quieren «lucirse» con su pareja, sobre todo si están en las etapas del «apantallamiento», es decir, en el cortejo. En todo el reino animal los machos quieren impresionar a las hembras y entre los seres humanos la cosa no cambia mucho. Si los susceptibles ven a alguien con rostro de niño saben que no reaccionará con violencia y si es grande de cuerpo pueden ostentarse como valientes frente a la potencial pareja. Es algo como decir: «para que vea que soy valiente y fiero», (aún cuando estén chaparrones y poco atléticos). Un absurdo, si ustedes quieren, pero sucede mucho. La cosa se complica aún más cuando el supuesto ofendido es mucho mayor de edad y no muy bien parecido, pues además de todo surgen los celos. Sufrí eso bastantes veces, hasta que mi rostro cambió. Entonces los problemas cesaron como por encantamiento. Los traumados en la etapa de celo saben que si se meten con alguien de rostro maduro habrá respuesta enérgica y entonces orientan sus estrategias de compensación hacia otras víctimas. Este era un caso así y de inmediato me sentí identificado con el muchacho de diecisiete, que para ese momento se veía muy apenado y confundido con las resonancias del señor de adelante. Me acerqué un poco y le dije al fulano, en un tono firme: «Oiga, el muchacho viene conmigo ¿cuál es el problema?». El hombre se empequeñeció. Balbuceo algo que no entendí. Le dije en un tono más serio: «ya gritoneó, si ya está contento avance y déjenos en paz». La muchacha jaloneó al hombre salvándolo de la obligación de dar una respuesta más, pero no lo salvó del ridículo, pues para ese momento todos lo miraban. Compraron sus boletos y se metieron a la sala. En ningún momento lo perdí de vista por si se animaba a seguir con el sainete, pero no volvió la mirada en ningún momento. El muchacho me dio las gracias. Le dije que no era nada y cada quien se metió a la sala de su elección. Esa tarde me supieron deliciosas las palomitas y el refresco. Me permití, incluso, unos chocolates. En silencio brindé por aquellos patanes que me hicieron pasar de muchacho algunos tragos amargos. Ya les regresé una de tantas a los de su misma especie. Salud.

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