El ataque de los pájaros

Fecha: 8 de abril de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Durante el gobierno interino trabajaba hasta muy tarde en mis oficinas de la Secretaría de Desarrollo Social, en el tercer piso de uno de los edificios del Complejo Administrativo. En ese Complejo pocas oficinas se mantienen activas y el lugar se mira desolado al oscurecer. Sólo quedan los adormilados guardias de seguridad y débiles luces brotan de los edificios. Una noche me di cuenta que tenía un problema con unos archivos de la computadora y me atreví a llamarle a Héctor Guedea para que me asesorara. Héctor me respondió animoso y, como no pude resolver el problema con las instrucciones por teléfono, se ofreció a visitarme para resolverlo. Llegó un rato después, me resolvió el problema (todos deberíamos tener un experto en computadoras en casa, en estos tiempos son casi más útiles que los médicos) y después de charlar un rato comencé a apagar todo para ir a descansar. Yo sabía que por la noche miles de pajaritos hacen del gran domo del Complejo su madriguera. Es un espectáculo fascinante pero con efectos aterradores. Los pájaros suelen ser bellos cuando no pasan de una suave parvada, pero en cantidades bíblicas son capaces de arruinar la mejor arquitectura. Por la mañana, cuando todos se reintegran a sus labores, se aprecian los restos de la gigantesca invasión. Hay quienes se vomitan al recibir el denso aroma añejado desde el crepúsculo hasta el amanecer, mientras las salpicaduras colorean el piso de la explanada. Es tan profundo el daño que ni el esfuerzo estoico de los responsables de la limpieza logra suavizar el hedor en el ambiente. Por supuesto, no es recomendable (a menos que se use una sólida sombrilla) pasear despreocupado por esa explanada cuando cae la noche. Lo mejor es correr y aún así se corre el riesgo de recibir acuosos impactos desde las alturas. Todo eso ya lo sabia, pero lo que ignoraba es que las puertas de acceso a las oficinas deben permanecer cerradas y ese noche quedaron abiertas. Lo supe muy tarde. Cuando Héctor, Edgar (colaborador mío en ese tiempo) y yo salíamos descubrimos que una docena de pájaros revoloteaban por la recepción de las oficinas. No quisimos dejarlos adentro, aún cuando hubiera sido lo más fácil. Nos aterraba la idea de abandonar a esos pequeños en una oficina oscura, sin posibilidad de salir a buscar el sol del amanecer. Abrimos bien las puertas y tratamos de sacarlos. Armados de periódicos hicimos todo el barullo posible para espantarlos y dirigirlos a la salida. Los pájaros revoloteaban en todas direcciones menos hacia las puertas. Por fin nos ubicamos estratégicamente y tratamos de orientarlos. Pasaba el tiempo, se agotaban los brazos y se arruinaban las gargantas con los gritos, pero los pájaros salían a cuentagotas. En uno de tantos intentos hasta unas plumas me cayeron en la boca, lo cual me dio un asco terrible. Me imaginé que miles de gorupos anidarían entre mis muelas. El caso es que por fin salió la mayoría de los tercos alados. Sólo quedó un pájaro aterrado en una esquina, pero Héctor logró atraparlo con un trapo y lo soltó afuera, donde revoloteó feliz. Por fin cerramos las puertas y nos fuimos. Esa noche al llegar a mi casa hice gárgaras con isodine hasta casi desfallecer y me lavé los dientes varias veces hasta con jabón. Aún así soñé que me brotaban plumas en las encías. Sigo sintiendo dolor en ellas cuando alguien habla de las «alas de la libertad» o alguna tontería por el estilo.

Compartir en

Deja tu comentario