El gurú que llegó a mi oficina

Fecha: 26 de junio de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Parecía un personaje de película mexicana de la época del falso a gogó ¿Recuerdan aquélla llamada “Bikinis y Rock”, con Olga Breeskin, Verónica Castro y el Manuel Loco Valdés? Quizás no, pero allí el famoso Loco hacía el papel de un gurú del rock. Vestía una holgada túnica y se adornaba con un collar de afilados huesos, luciendo una larga cabellera y abundantes patillas. Bueno, así era el personaje que llegó a mi oficina. Y debería tener la edad del Loco, la edad actual quiero decir. Su cabello lucía marchito, pero colgaba hasta sus hombros, en contraste con la sabia calvicie que coronaba su cabeza. Mantenía unas saludables patillas y cejas muy pobladas que hacían una curiosa espiral al final. No vestía una holgada túnica, eso sí, pero en cambio lucía pantalones de mezclilla, guaraches de un elaborado tejido y guayabera negra con manga larga. De su hombro izquierdo colgaba un morral. Cuando estuve cursando estudios en el bachillerato llegué a ver muchos personajes así, pero aún en aquellos años, mediados de los ochenta, ya se veían anticuados (y todos eran maestros de la Escuela de Letras y Comunicación), así que el contraste con la moda actual era más dramático. También usaba un collar, pero no de huesos, sino de algo más entre lo que identifiqué semillas silvestres, conchas y quizás figurillas de madera. Le invité a tomar asiento. Me dijo que era un prestigiado gurú, o mejor dicho, que lo fue. Añadió: “muchos fueron los discípulos que tomé a mi cuidado, a los que guié por el sendero de la buena existencia”. Le dije que lo felicitaba, pero que no sabía muy bien en qué podía servirle. Me dijo que tenía unos apuntes sobre lo que significó hace años el sabio ejercicio del “oficio gurú” y quería contrastarlo con los gurús de hoy, tan ebrios del consumismo y el derroche espiritual. Quería saber si estaba en condiciones de publicarlo. Le dije que de entrada me parecía interesante, que me trajera la propuesta y la sometería al consejo editorial. Pareció alegrarse mucho, pero me advirtió que su libro podía generarme problemas. Le pregunté la razón. Me dijo que los poderosos gurús de nuestra época no verían con buenos ojos que un verdadero gurú les dijera sus verdades. Quizás vio extrañeza en mi mirada pues abundó un poco: “antes guiábamos a las almas que sentían incertidumbre, que querían ver algo más allá de lo evidente, hoy ser gurú es un gran negocio. No me quejo, pero ayer un gurú como yo estaba satisfecho con un poco de yerba y el amor apasionado de un par de bellas discípulas, mientras que hoy los gurús sostienen imperios editoriales, viven en Miami con un harén y se codean con los peces gordos del mundo”. Le dije que no me parecía eso malo en sí mismo, pues después de todo nuestra civilización se funda en el éxito. Me dijo que era gravísimo: “El gurú no puede ser tan exitoso porque pierde el pulso de las almas”. Me dijo que la culpa era de los hiperconsumidores de nuestro tiempo, tan deseosos de bienestar material como demandantes de confort psíquico, de armonía interior y plenitud subjetiva. Estos insensatos hiperconsumidores habían creado a los gurús de hoy. Que ahora aconsejar el buen vivir se había vuelto un gran negocio y que el buen vivir no debe serlo. Me quedé pensando unos instantes. Reflexioné que los grandes gurús de nuestra era no sentirían mucha inquietud por un viejo gurú de pueblo denunciando la expansión del mercado del alma. Además, mis modestas ediciones no podrían rivalizar con los bestiales tirajes de esos titanes de la autoestima. Le dije que no se preocupara, que me dejara a mí las protestas de los grandes gurús y que me trajera su propuesta de libro. Se alegró más. Me prometió traer en los siguientes días la publicación y se despidió. Al llegar a la puerta volteó a mirarme y me dijo: “podrías ser un gurú, quizás deberías intentarlo”. Después cerró la puerta y se fue. Me quedé un rato pensativo. Mi oficina se había quedado impregnada de una energía cálida y amable, un poco loca, eso sí, pero agradable. Me imaginé a mi mismo como un gurú, hablándoles a algunos discípulos del sendero del bienestar espiritual y de las proezas del dominio del “yo” interior sobre el “yo” exterior, pero me acordé que jamás he logrado entender muy bien lo que eso significa y que ni siquiera sé si existan dos “yos” en lugar de uno. Además, al único gurú que realmente seguí en mis años de formación fue al buen Kalimán. Aún recuerdo sus graves sentencias: “serenidad y paciencia” y “quien domina la mente lo domina todo”. Pero el mismo Kalimán tenía una majestuosa residencia en Miami, según eso porque le quedaba cerca del famoso Triángulo de las Bermudas, que siempre le intrigó. Pero Miami no me atrae mucho, ni siquiera de vacaciones, además de que soy muy malo para hablar inglés y el español cubano es muy difícil de entender. No, quizás no sería un buen gurú. Después recordé que Osho, todo un gurú de la nueva era, llegó a poseer la mayor colección de Rolls-Royces del mundo, nada menos que para su uso personal. Quizás valga la pena ser un poco gurú, me dije, pero luego recordé que soy un poco torpe para manejar, así que quizás ni siquiera eso valga la pena. Después de todo, el buen Oscho podría tener 365 vehículos de ese tipo, uno para cada día del año, pero a final de cuentas sólo podría manejar uno a la vez. Me alegré de mi pensamiento. ¿A estos gurús se refería el viejo gurú que llegó a mi oficina? Quizás en alguna meditación trascendental logre resolverlo.

Compartir en

Deja tu comentario