El mal enmascarado

Fecha: 20 de junio de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
Hace unos días leí sobre el asesinato de un joven llamado Leonardo Avendaño. Su cuerpo apareció con signos de asfixia por estrangulamiento dentro de un automóvil estacionado en una avenida de la delegación Tlalpan, en la Ciudad de México. Fue una noticia muy impactante, pues se trataba de un muchacho estudioso, con licenciatura en teología y una maestría en psicología, que además se preparaba para ingresar al seminario. Pues bien, hoy leí que las autoridades investigadoras habían detenido como probable responsable al sacerdote de la parroquia Cristo Salvador, donde el joven participaba como diácono. Al parecer unas imágenes de cámaras citadinas los identificaron juntos, a la víctima y al sacerdote, poco antes del homicidio. Ese mismo sacerdote, para mayor sensacionalismo, fue el que ofició la misa de cuerpo presente del joven Leonardo en la citada parroquia.
 
En lo personal espero que ese sacerdote sea inocente. Para quienes respetamos a las instituciones religiosas esas noticias son muy tristes: parece algo demasiado macabro e indigno de un hombre de fe. Pero, por desgracia, no es algo raro. Se conocen muchos delitos terribles cometidos por sacerdotes, como ocurre con las denuncias de abuso sexual y pederastia en todo el mundo. Tan sólo el pasado marzo, la Conferencia del Episcopado Mexicano reconoció el registro de 101 casos de este tipo cometidos por clérigos, todos ellos denunciados ante el ministerio público.
 
Cuando era niño, se corrió el rumor de que una persona que ayudaba con el aseo en la iglesia cercana a mi barrio, en Colima, había sido descubierta abusando de unos niños. Esa noticia la escuché después en otra iglesia céntrica de la ciudad. Quizás hayan sido simples rumores, pero aun así se perciben como una constante desde hace muchos años.
 
Al ver estas noticias recordé algo que escuché o leí alguna vez: que una estrategia del mal es enmascararse con el bien. En realidad, es una táctica de acechadores, violadores y otros psicópatas: hacerse pasar por personas tranquilas, ordenadas, incluso familiares, para actuar con la mayor impunidad posible. Por supuesto, las iglesias o centros de fe (de cualquier fe) pueden ser un refugio perfecto, pues nadie sospecharía que detrás de un hombre consagrado al ritual religioso o de un simple trabajador de parroquia se esconda un demonio intentando dar rienda suelta a sus bajos instintos. Además, un espacio así es la mejor forma de conseguir víctimas inocentes o con la guardia baja.
 
No sería algo raro: después de todo la mejor forma de disimular los cuernos es ponerse un aro de beatitud sobre la cabeza.
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