Enfermería, el auténtico humanismo

Fecha: 12 de mayo de 2020 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
Quizás no apreciaremos el profundo sentido humanista de enfermeras y enfermeros hasta enfrentar una grave circunstancia que afecte nuestra salud. Yo, a Dios gracias, no la experimento aún, pero tuve la desgracia de acompañar a mi esposa en una enfermedad terrible que la condenó a una cama de hospital por semanas y meses hasta su triste deceso. Pude conocer allí el significado de esa profesión, tan pocas veces valorada.
Enfermeras y enfermeros son los que están al tanto de las necesidades del paciente. Ese “estar al tanto” implica todo: administración de medicamentos, supervisión de la evolución, vigilancia del equipo de soporte, decisiones inmediatas, labores de higiene, limpieza cotidiana y un largo historial de pequeñas o grandes atenciones. No todo concluye allí: enfermeras y enfermeros se vuelven confidentes, consejeros espirituales, voces de esperanza. Es el rostro que transmite confianza en los instantes decisivos y son las manos hábiles que resuelven una crisis.
Es común, debo decirlo, que ese rostro se vuelva el último después de una larga agonía o en un momento sorpresivo, cuando los familiares no están por algún motivo o se descuidan en el trance final.
Los médicos son los responsables, cierto, pero la supervisión médica, si bien esencial, no es constante. El doctor o la doctora lleguen un momento, mientras hacen su recorrido habitual, y después siguen atendiendo a otras decenas de pacientes. En cambio, la enfermera o el enfermero allí se quedan, enfrentando lo que sigue y aplicando las decisiones.
Estar en un hospital, sobre todo en un ala de pacientes con alguna gravedad, es impresionante. Todo lo que está alrededor transpira angustia, dolor y muerte. Eso tiene un olor y unos sonidos específicos que se quedan por mucho tiempo. Parece increíble que las y los profesionales de la salud tengan el aplomo para sacudirse ese polvo doloroso al salir y regresar a su hogar, pero es más increíble aún que, estando allí, regalen sonrisas a los pacientes. No se necesita ser Patch Adams. Los profesionales de la salud lo son a diario en muchos grados.
Lo más sencillo sería colocarse una máscara de frialdad y distancia. Algunas y algunos lo hacen y es fácil comprenderlos. No es lo ideal, quizás, pero es un mecanismo de supervivencia. Lo milagroso, aquí, es que enfermeras y enfermeros, en su gran mayoría, no se ponen esa máscara y prefieren abrirse a la calidez y los sentimientos de afecto, de profunda empatía, con quien está sufriendo.
Podría contar muchas historias al respecto. Una noche que cuidaba a mi esposa, escuché quejidos y hasta gritos de dolor a unos pasos. También escuché a la enfermera de turno atendiendo al paciente, dando ánimos, aplicando cosas que yo apenas alcancé a imaginar. Le coloqué a mi esposa unos audífonos y le puse música o alguna película, para que no se angustiara, pero yo me quedé atento a todo, pues no se pueden cerrar los oídos. Un rato después amainó el temporal y el paciente agónico pudo dormir un poco. Apenas concluía el momento terrible cuando llegó la misma enfermera con mi esposa a revisarla y preguntarle cómo se sentía. Después siguió con los demás pacientes a su cuidado. Vaya, ni siquiera un momento de reposo para desprenderse de las emociones en juego.
También enfrentan sinsabores. Es una profesión, como todo lo que rodea al ambiente médico, llena de acusaciones e incomprensiones. Los familiares caen con facilidad en un fenómeno llamado “negación”. No pueden comprender que su paciente esté grave o muera. Eso, entonces, debe ser culpa de alguien y ese alguien tiene que ser el que está a la mano, quien al parecer no hizo lo que tenía que hacer. Es común, entonces, que el “culpable” sea el médico o bien la enfermera o el enfermero.
Con la prolongada enfermedad de mi esposa aprendí a conocer un poco más de esos sinsabores. Una tarde llegó una señora a visitar a un paciente cercano a la cama de mi esposa. Ese paciente ya tenía dos o tres semanas allí y esa señora, al parecer un familiar, lo visitaba por primera vez. Pues bien, aprovechó los escasos momentos que estuvo allí para reprender al enfermero de turno. Le dijo de todo. Le reclamó algo que nunca comprendí muy bien y después, vociferando, se fue de allí. El enfermero aguantó el vendaval con resignación y silencio, suspiró, me sonrió con filosofía al pasar y después siguió atendiendo al mismo paciente, quien se disculpó con él. El paciente le dijo: “no le haga caso, así es ella”. El enfermero le respondió algo así como: “no se preocupe, ya estoy acostumbrado”.
Esas historias abundan. Existen personas que así expresan su preocupación: acusando y quejándose. Algunas van más allá y denuncian en medios públicos, intentando desprestigiar a enfermeras o doctores, o bien proceden con recursos jurídicos, para crear el mayor daño posible. De esa forma, las tareas médicas y de enfermería se convierten en una profesión de riesgo legal, además de todo.
El personal médico también se contagia. No lo olvidemos. Están expuestos a virus y bacterias, que suelen quedarse muchos días por allí, entre los muros, muebles y utensilios de un hospital. Pero no todo contagio es biológico: también existe una forma de contagio espiritual. La psicología identifica un fenómeno o síndrome llamado “del cuidador primario”. En efecto, quien atiende a un enfermo terminal corre el riesgo de compenetrarse tanto con esa agonía que también puede enfermarse y morir. Ocurre mucho. Por eso es común que la pareja de un enfermo grave también se enferme, de lo mismo o de otra cosa, y muera un poco después. Pues bien, ese riesgo lo tienen enfermeras, enfermeros y todo el personal médico, pues son, por necesidad, los cuidadores primarios de cientos o miles de pacientes. Suelen tocar, respirar y sentir ese ambiente desesperanzado de las rápidas, medianas o largas agonías.
La pandemia de hoy colocó a las profesiones vinculadas a la salud en un lugar especial. Se les otorgó la categoría de héroes, por ser los primeros en el frente de batalla contra el enemigo invisible. Estas profesiones son de alta exposición, claro que sí. Son muchas las víctimas por ese riesgo. La categoría heroica no es exagerada, pero a mi juicio fue a destiempo. Ese heroísmo es cotidiano. Cuando el Covid-19 se vaya o se controle, seguirán estando allí miles de enfermedades transmisibles más, otros datos de dolor y de agonía, muchas ocasiones adicionales para enfrentar lo impensable y otras más para sufrir, junto con los pacientes, el dolor, la soledad y la muerte. Pero el personal de enfermería allí seguirá, esperando a los que sufren, luchando con todo, brindando un poco de consuelo en el momento decisivo y alegrándose de ver salir a los que sanan.
Ellas y ellos no esperan mucho. Saben lo que hacen y lo que arriesgan. Sólo quisieran, si acaso, un poco más de comprensión de todos nosotros.
No es mucho pedir para quienes hacen tanto cada día.
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