Fusiles

Fecha: 17 de abril de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Es un vicio intelectual adjudicar a otro lo que alguien hizo o escribió. De vez en vez alguien sale con una idea genial al respecto, que termina como una simple curiosidad. Es el caso de Shakespeare, a quien se le niega la cultura, el conocimiento histórico y geográfico y hasta la capacidad lingüística para ser el autor de sus propias obras. Los extravagantes especulan que pudo ser Francis Bacon, sir Henry Neville o incluso Christopher Marlowe. Hace poco, el historiador francés Christian Duverger salió con la teoría de que no fue el viejo soldado Bernal Díaz del Castillo el autor de la «Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España», sino el propio Hernán Cortés. Tesis interesante que pone en manos del capitán conquistador la narración de sus hechos con el recurso del falso testigo. Interesante, digo, pues sabemos que Cortés fue un hombre instruido, dotado de cultura y animado por cierto aire renacentista. De cualquier forma, yo digo que todo eso es buscar conjeturas sin necesidad y trastornar la historia hasta el absurdo. A final de cuentas, si uno u otro es el autor oficial de algo pues sus razones tendrá la historia para dejarlo así. Alguien así lo decidió y punto, pues honramos las letras, sin importar el puño de carne y hueso que las compuso. Es el caso de Homero. Se duda de su existencia pero lo indudable es que alguien cantó y puso por escrito las leyendas del sitio de Troya y el periplo de Odiseo. Si a ese alguien le llamamos Homero pues no importa. Quizás pudimos llamarle Heráclito o Anaximandro, pero lo esencial es leer la obra y agradecer al que se preocupó de ponerla por escrito. Si seguimos así, más tarde saldrá algún bobalicón a decirnos que fue Sócrates el propio escritor de sus Diálogos, que se los adjudicó a su joven discípulo Platón para evitar el mal gusto de hablar con elogio de sí mismo. Incluso, algún extravagante saldrá un día con el absurdo de que fue el mismo Jesús quien escribió los evangelios, que después copiaron Mateo, Marcos y Lucas, quizás Juan o los supuestos autores de los llamados apócrifos o extracanónicos. En fin, sólo espero que nadie salga algún día, en el lejano futuro, diciendo que no fui yo, sino otro, el que escribió todas mis tonterías y realizó todas mis absurdas hazañas. Reclamo desde este momento la paternidad de lo que soy y lo que hago. Hasta de mis desatinos y desvaríos. Eso sí, ninguna sinvergüenzada es mía. Ésas que las hagan otros

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