La mujer que camina entre murmullos…

Fecha: 28 de noviembre de 2016 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Es una escena común en las historias de guerra: la joven mujer de una nación ocupada por los alemanes (puede ser holandesa o francesa) camina por el pueblo cargando algunos víveres (o pases, bonos de guerra o lo que sea) que algún invasor le obsequió. El pueblo la mira con recelo. El aire está cargado de murmullos. Las ventanas destilan odio. La indignación es mayor entre las mujeres de más edad y los hombres viejos. Suponen que la bella mujer brindó libertades al conquistador a cambio de algunos bienes o ciertas migajas de poder. La condenan para siempre, pero en ese momento sólo pueden rechinar los dientes. Algún vecino se atreve a decirle al pasar, en voz muy baja: «Sé de dónde vienes, puta», como en la película Suite Francesa, basada en la excelente novela de la desdichada Irène Némirovsky. La mujer sigue su paso, quizás avergonzada, quizás impotente. Incluso altanera o indiferente. No hace sino sobrevivir, no sólo a la guerra o la ocupación, sino al desamor, el abandono o la inclemencia social. Es joven y desea ser amada. En ocasiones encuentra más comprensión y afecto en los invasores (jóvenes y bien educados, a pesar de su crueldad) que en sus paisanos, esos altaneros y despóticos campesinos. Como sea, es un mujer marcada. Cuando pase la guerra, cuando se vaya el invasor, cuando el viejo pueblo recupere su propio sentido de la injusticia, la maledicencia tomará las armas. Los que hoy sólo murmuran correrán tras ella, le escupirán, la trasquilarán de forma grotesca a la vista de los niños y la pondrán como ejemplo de lo abominable, tan sólo por ceder al deseo o la necesidad en un periodo de incertidumbre, cuando la vida podía perderse en el instante. Recuerdo esas escenas y me pregunto si quienes la miraban con odio, quienes murmuraban a su paso, quienes maldecían su placer, en realidad disimulaban su imposibilidad con el férreo patriotismo. No es casual, pienso, que los protagonistas del odio sean aquéllos o aquéllas que la edad apartó del deseo. Quizás no era rencor al invasor sino envidia lo que vomitaban a su paso, pues muchas veces las bajas pasiones personales se disfrazan de un gran idealismo o un gran patriotismo, como lo historia lo nuestra tantas veces. Pienso, también, que no se necesita un momento de guerra o un país ocupado para dejar sueltas esas pasiones: muchos de los odios que acumulan hombres y mujeres jóvenes son producto de la envidia de quienes no pueden gozar del momento como lo hacen ellos. Por eso escribí en mi cuaderno un apunte que hoy encontré y que de seguro escribí después de ver una escena de nación ocupada: «Mujer que caminas cargando tu deseo… Quien te señala mientras pasas, quien te acusa, quien se indigna de ti, no lo hace por superioridad moral. Sólo te envidia. Sigue adelante e intenta escapar de esas miradas. Huye de aquí antes que la envidia pueda tomar las armas».

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