Selección natural…

Fecha: 12 de agosto de 2015 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Una lectura superficial de la evolución darwiniana induce a un error. Al aceptar la mecánica de la sección natural que erradica a los individuos inadaptados y permite sobrevivir y reproducirse a los mejor adaptados, tendemos a imaginar esa adaptación como la apropiación de cualidades formidables para la lucha contra la adversidad y los rivales. Entonces proyectamos en la «adaptación» nuestros anhelos profundos, sean estéticos, anímicos o incluso sexuales. Por mejor adaptado entendemos al ser poderoso (grande, fuerte y sólido), inteligente y diligente que deja mordiendo el polvo al ser escuálido, temeroso, torpe o haragán. Los nazis cayeron en esa trampa. Para ellos, los ideales liberales y comunistas socorrían a los individuos débiles, les permitían reproducirse y terminaban «contaminando» al ser humano del futuro. En su delirio, suponían hacer un servicio a la humanidad preservando a los seres puros de la mezcla degenerada con productos humanos inferiores, ésos que la selección natural habría desechado en el basurero de la historia. Para los nazis (y para ideologías racistas similares) la aptitud estaba íntimamente relacionada con la capacidad de lucha y el perfeccionamiento físico. Sin embargo, un vistazo a la naturaleza nos muestra  ejemplos antagónicos. Muchas de las especies sobrevivientes a los continuos holocaustos naturales no fueron las más fuertes y soberbias, sino las más tímidas e huidizas. Las humildes ratitas que fueron los primeros mamíferos (nuestros antepasados) perseveraron frente a los magníficos reptiles gigantes. Los más grandes y fuertes caen más duro. Eso nos lleva a pensar que quizás la supervivencia no sea patrimonio del magnífico, sino del modesto. Quizás también, la adaptación sólo sea una de las formas de un antiguo arte: el pasar desapercibido. Cuando estaba muchacho jugué un deporte rudo, de mucho contacto físico. Tenía un amigo que era un prototipo del gran jugador: sólido y compacto, era también rápido y con gran capacidad de resistencia al castigo. Muy «aguantador», pues. Su temperamento era brioso y explosivo. Le teníamos un justificado respeto y algunos hasta pavor. En consecuencia, era al que más se le exigía en los momentos competitivos y por partida doble: nuestro coach lo enviaba a sangrar en las jugadas brutales y los adversarios trataban de ponerlo fuera de combate desde el primer momento. Pasó por la experiencia deportiva con muchos golpes y algunos daños perdurables en los huesos. En contraste, tenía algunos amigos de modesta constitución física que  jugaban muy poco. El coach sólo los metía al terreno cuando el partido estaba casi ganado, por lástima diríamos, para que sintieran la emoción de participar unos minutos. Los rivales, además, no los reconocían y nunca sintieron la necesidad de bajarles los humos competitivos. Yo pertenecía, por constitución y temperamento, al grupo que se acercaba al prototipo del gran jugador (al que nunca llegué completamente, debo decirlo) y por ello sentía aversión por el grupo de menores cualidades físicas. Al pasar de los años sufrí golpes y lesiones por acercarme a lo competitivo mientras otros amigos pasaron por ese deporte exigente sin mucho daño y con buenas experiencias. La historia no termina allí. Mi amigo, el brioso competidor, quizás por su naturaleza íntima tan salvaje y ese exceso de testosterona, por ese liderazgo natural y esa actitud agresiva frente al mundo, sufrió con los años una muerte prematura. Una vez lo encontré en una reunión social y me reveló que andaba armado. Me dijo que tenía un conflicto y que necesitaba el arma para defenderse, pues no toleraría que lo humillaran o lo sorprendieran con la guardia baja. El dilema que suelen enfrentar los machos alfa. Algunos años después supe de su muerte. Lo asesinaron por la espalda. Le comenté eso a mi padre, quien me dijo algo pavoroso: «Si, por desgracia de valientes y cabrones están llenos los panteones. Para vivir mucho es mejor ser un poco cobarde y no andar peleando con el mundo». En su momento aquella explicación de mi padre me causó escozor. Me parecía antagónica a todo lo que me había enseñado antes, pero ahora lo entiendo. También a él le preocupaba mi temperamento y no quería que mi ánimo competitivo a flor de piel arruinara mi vida, así que tomó a la mano el ejemplo inmediato para darme una lección. En cambio, aún sigo viendo por allí a los integrantes del «equipo débil», aquellos muchachos con pocas cualidades físicas que nunca lograron destacar en aquel rudo deporte. El caso es que no sólo persistieron: son dueños de unas vidas felices. Algunos se volvieron médicos, otros ingenieros, unos más empresarios o comerciantes. Llevan una vida sosegada y tranquila, sin afanes competitivos con nadie. Mientras los veo pienso que Darwin habría elegido a ese grupo de aparentes inadaptados como sus prototipos de supervivencia y habría calificado como una especie en riesgo al grupo de los más osados y sanguíneos. Pensé en todo eso mientras estaba sentado en un jardín observando a unos tímidos pájaros. Esos pajaritos que parecen bolas con patas y que avanzan dando brinquitos. Son una especie exitosa. Siguen aquí y nadie los persigue. Sólo deben cuidarse de algún gato hambriento, pero las personas sentadas en el jardín no los molestan. Mientras los veía pensé en las majestuosas águilas, soberbias y poderosas. Las águilas no temen a un gatito de ciudad, pero están a punto de la extinción. La naturaleza les exige mucho. Ser fuertes y rudas no les ofreció una vida mejor que a esos dulces e insignificantes pajaritos. Quizás el más apto sea el que pasa inadvertido y sigue su vida sin grandes exigencias. Que sean otros los rudos y soberbios, pienso yo. La selección natural (la social, la cultural y todas las demás) les pedirá cuentas algún día.

Compartir en

Deja tu comentario