Apuntes de la categoría: Historias al pasar…

El mafioso asustadizo

Fecha: 18 de septiembre de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Cuando el salvaje Salvadore (Totó) Riina, líder del clan de los corleoneses, fue confrontado con el ex mafioso e informante Tommaso Buscetta, quiso negarse a participar en el incómodo careo alegando la calidad moral de su antagonista. No lo descalificaba por ser un mafioso, claro, sino por algo más sutil: por ser un “mujeriego”

En efecto, el famoso psicópata que dirigió a la mafia siciliana por décadas, llevándola a un nivel de crueldad legendario (los narcos y asesinos mexicanos parecen hombres pacíficos comparados con Riina), argumentaba que Buscetta había tenido muchas parejas, lo cual era muy mal visto para un hombre de hogar y de costumbres estables (según su dicho) como Riina.

Buscetta le recordó a Riina (al que todos apodaban “La Bestia”) que ya había sido sentenciado a cuatro cadenas perpetuas por sus crímenes, incluyendo la orden para torturar y disolver en ácido a dos de sus hijos, pero claro, era comprensible que tan delicado espíritu se escandalizara por estar frente a una naturaleza enamoradiza. Una barbaridad.

Quien guste conocer más del encuentro de estos temibles adversarios, debe disfrutar el estupendo documental Our Godfather (Nuestro padrino), estrenado hace pocos días en Netflix.

No quisiera abundar aquí en la fascinante personalidad de Buscetta, el mafioso que rompió el código del silencio (la famosa “omertá”) de la mafia para vengarse de quienes asesinaron a sus hijos, tíos y sobrinos, con un salvajismo pocas veces visto aún en las organizaciones delictivas. Lo importante es que sus testimonios permitieron organizar el llamado “maxiproceso” o “maxijuicio” que llevó a la cárcel a cientos de mafiosos en Sicilia. Entre sus logros aparece, también, su participación en el juicio que desarticuló la operación conocida como “Pizza Connection”, en Estados Unidos.

Aquí lo importante es que la personalidad de Riina no es excepcional. Muchas personas son capaces de abismos de crueldad y de los más reprobables vicios, pero parecen escandalizarse en público frente a pequeños pecados cotidianos.

Creo que todos hemos visto a gente tortuosa y de moral bastante discutible formarse con parsimonia para recibir la comunión en la misa del domingo o expresar ruidosas desaprobaciones ante gestos o actitudes que consideran inapropiados. Una vez, por ejemplo, vi una publicación de alguien quejándose de la suciedad en las calles y pontificando sobre la virtud cívica de la limpieza, siendo un verdadero cochino en otras facetas de su vida pública.

Existen grandes y pequeños imitadores de mafiosos hipócritas como Totó Riina.

Los peores, en suma, suelen ser los mejores verdugos de los demás, sobre todo cuando se adornan con máscaras de corrección y buenas maneras.

Cementerio con vida

Fecha: 2 de septiembre de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Ayer caminé por un pueblo sosegado y feliz, por lo menos en apariencia. Es como un oasis en medio del deterioro de lo demás. Hasta su panteón es bello. Las tumbas se deslizan por una barranca verde y las lápidas están pintadas de colores. Por si fuera poco, en cada tramo surge algún arbusto con flores, de ésas que lucen y a la vez resisten, de las que no se marchitan con los días luminosos. El conjunto es una explosión de color, casi infantil. No parece cementerio, sino paseo. Así deberían ser todos los panteones del mundo: lugares donde no cunda el dolor, sino la celebración. Espacios donde los chiquillos puedan correr y reír, sin faltar el respeto a la vida o a la muerte. En fin, se ve que aquí da gusto morirse.

Correteando ardillas

Fecha: 2 de septiembre de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

En un jardín cercano veo, cada mañana, a un perro de la raza dachshund o salchicha, de pelo corto y rojizo, que ladra insistente hacia la copa de los árboles. Ayer fui a mirarlo de cerca. Descubrí que persigue unas ardillas que deambulan por las alturas. Es una maravilla verlo en ese frenesí. Corre de un lado a otro, ladrando, con la mirada fija en los animalillos que brincan de rama en rama, trazando en el suelo los movimientos que descubre en el cielo. Yo pensaba que los salchicha eran apropiados para perseguir conejos y otras especies en sus madrigueras subterráneas, pero no sabía de sus obsesiones con los roedores arbóreos. Suelo caminar por ese jardín por una hora o un poco menos y este salchicha, cuyo nombre ignoro, sigue persiguiendo incansable a las sombras saltarinas, anhelando a que alguna caiga y se deje atrapar. Pero las ardillas no suelen caer. De hecho, nunca he visto una que tropiece, ni siquiera cuando corren por los cables de electricidad. Éstas, en especial, no sólo se mantienen en las alturas: hasta sospecho que se divierten con el tenaz rastreador que las acecha desde el suelo. Brincan con desparpajo y con un entusiasmo casi artificioso cuando descubren al perro mirándolas. Creo que hasta hacen algunas piruetas para mantenerlo expectante y ansioso. Deben gozar provocándolo. Cuando regresé a mi hogar, pensé que todos tenemos algo en común con ese perro testarudo. Nos la pasamos mirando hacia las alturas, esperando que nuestras ambiciones, anhelos y obsesiones caigan a nuestro alcance. Si, correteamos sin tregua a esas figuras raudas que forman nuestros sueños, en lugar de seguir rastros más idóneos y perseguir presas al alcance de nuestra mano. Así me sucede. Quizás hasta doy un poco de pena persiguiendo mis propias presas entre las distantes ramas. Los objetos de mis afanes siguen por allá, revoloteando, sin caer a mi alcance. Incluso sospecho que mis propias ardillas se ríen de mis obsesiones y hasta es posible que se vuelvan más inalcanzables con mis ansiosas miradas. Intentaré, en lo sucesivo, ladrarles un poco menos a las alturas y buscaré un rastro más cercano a mi nariz. He dicho.

La ruta del pirata

Fecha: 21 de agosto de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

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Conseguí pase al barco fletado por organizaciones internacionales. La revisión fue escrupulosa, pero mis recomendaciones muy sólidas. Algunos asistentes estaban interesados en observar las condiciones sociales de ciertas comunidades ribereñas. Otros, aspiraban a visitar Socotra Island, un santuario natural, para documentar la defensa de sus ecosistemas y conocer algo de sus especies endémicas, como el extraño árbol de sangre de dragón. A mí no me interesaba mucho una cosa o la otra. Yo quería ver piratas. Sé que suena raro, pero el recorrido era, para mí, un paseo turístico salvaje, como vivir la emoción de cruzar en diligencia el salvaje oeste o atravesar el Atlántico en la era de los grandes corsarios.

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Mi jefe de grupo, Andreas, hablaba con facilidad el español, aunque mezclado con un acento nórdico. Abundaban las sandalias y los collares, pero todos parecían tomar el asunto con seriedad. Éramos unos treinta expedicionarios, mujeres y hombres, divididos en cuatro o cinco grupos, ya no recuerdo muy bien. El capitán nos reunió en el comedor. Explicó la situación. Habría que estar atentos y si aparecían lanchas hostiles tener cuidado con los disparos. Esas aguas estaban infestadas de piratas somalíes. No era un juego: podrían ser muy violentos. Si ocurría algo, la recomendación era abstenerse de tomar fotos y encerrarse. Yo ni siquiera me preocupé por eso, porque ni cámara llevaba. Todo esto lo digo a toro pasado: en realidad no entendí nada, pues el capitán hablaba un inglés rápido y cargado de un extraño acento. La explicación la escuché de Andreas un poco después, cuando nos reunió a los seis del grupo bajo su cuidado: dos jóvenes francesas, una inglesa de ojos azules, un inglés que parecía inglesa, un colombiano de mirada astuta y yo.

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Las francesas me preguntaron si entendía francés, les dije que no. Rieron y me explicaron que eso era imposible, pues si no entendía francés no habría respondido a su pregunta. Les dije que la pregunta “¿parlez-vous francais?” se entiende en todo el mundo. Que eso era igual que saber quién es el Inspector Clouseau. Es algo tan francés como el “oui” o el “mon ami”. Se rieron mucho. Ellas también entendían un poco el español. Me dijeron “hola” varias veces. Les dije que con una sola vez era suficiente, pero lo tomaron a broma y me decían “hola” a cada momento. Llegó a tal extremo que olvidaron mi nombre y me decían “Monsieur Hola”, o simplemente “Hola” todo el tiempo. Yo terminé harto de ellas. Por su parte, el colombiano me preguntó si yo era español. Le dije que no. Me miró con curiosidad. Me imagino que rompí en algo su molde preconcebido. La inglesa ni se dignó a dirigirme la palabra, sólo me miraba sonriendo con sus ojos azules. El inglés que parecía inglesa fue un poco más osado. Me dijo, con cierto tono aflautado, que amaba México. Para quitarle tentaciones le dije que yo no. Me miró un momento extrañado, pero luego comprendió y dejó de interesarse en mí.

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Zarpamos del puerto de Sohar, en el Sultanato de Omán. Se veía muy cerca el destino, pero nos llevaría dos días llegar a Socotra Island. Insisto: no me interesaba llegar a Socotra, sino disfrutar la experiencia de un asalto pirata, al estilo de la película Capitán Phillips. Sin embargo, debo admitir que me intrigaba conocer el árbol de sangre de dragón. Había visto imágenes: es como una fantasía árabe. Hasta imagino a Simbad sentado bajo su sombra. Parece un árbol prehistórico o incluso fuera de este mundo. Dicen además que su resina, la “sangre de dragón”, de un extraño color rojizo, puede curar las más extrañas dolencias.

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Durante la noche, mientras algunos tocaban guitarra y cantaban en el comedor, yo salí a fumar a cubierta. Andreas llegó por allí. También era poco afecto a la algarabía de los viajes. Le confesé que no me interesaba mucho la botánica. Me dijo que debería hacerlo, pues esa isla, según antiguas leyendas, podría ser el sitio exacto del paraíso original. Allí podrían encontrarse pepinos de tres o cuatro metros, rosas que florecen en los troncos de árboles añosos, granadas silvestres y tubérculos gigantes con ramas extendidas, como si fueran suplicantes. Debo reconocer que ya me sentía tentado a explorar la isla, pero seguía pensando en los piratas. Aspiraba a vivir una aventura que pudiera plasmar en novela algún día. Entonces llegaron las francesas. Ya no eran sólo dos, sino unas ocho recolectadas de otros grupos, todas muy jóvenes. Las dos francesas originales me presentaron a sus paisanas como “Monsieur Hola”. Todas rieron. Les dije que yo no me llamaba “Hola”, pero siguieron riendo a carcajadas. Me hartaron y me fui a dormir. Por fortuna me tocó compartir camarote con el colombiano de mirada astuta. Si hubiera sido el inglés que parecía inglesa lo hubiera sacado a patadas.

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Durante el desayuno, Andreas les comentó a todos los de su grupo que mi ilusión era participar en un encuentro violento con piratas somalíes. Las francesas rieron hasta que se hartaron. Una de ellas dijo, en español bastante claro: “Monsiuer Hola contra los piratas somalíes”. Siguieron riendo un buen rato y después se fueron a contar la historia a las francesas de otros grupos. Escuché las carcajadas a lo lejos, mientras me salí a fumar a cubierta. Cuando se me pasó el mal momento acepté que el título de la historia no era malo. Habría que considerarlo. A pesar de la jocosa intención del momento tenía su encanto.

Llegaron Andreas, el inglés-que-parecía-inglesa y el colombiano-de-mirada-astuta. Intentaban hacer que se me pasara el enojo. Les dije que no importaba. El inglés-que-parecía-inglesa comentó que a él también le agradaría ver piratas, sobre todo si se parecían a Orlando Bloom o Johnny Depp. Estuve a punto de arrojarlo al mar, pero me contuve. Comenté, para quitarle dramatismo al momento, que estos piratas serían oscuros, flacos y curtidos a sol y sal, sin un gramo de romanticismo. Andreas dijo que los piratas anglosajones se habían extinguido y que los de hoy eran de raza negra. El colombiano-de-mirada-astuta terció: hubo piratas negros en la edad de oro de la piratería, los berberiscos, que desde el norte de África acosaron embarcaciones europeas y hasta fomentaron la esclavitud de blancos. Me alegró la historia. Era como algo contado al revés, pero verdadero. Yo, por mi parte, recordé a un pirata mulato, Diego Bardillas, que logró una temible fama por las costas de Yucatán. Nadie lo conocía. Les dije que eso era resultado del eurocentrismo. Si el tal Bardillas fuera blanco y barbado o de apellido Drake, todos tendrían alguna referencia, pero como era negro y de apellido hispano nadie lo recordaba. Cuando terminé mi alegato me di cuenta de que nadie me escuchaba. El colombiano-de-mirada-astuta estaba ligándose a una bióloga austriaca. El inglés-que-parecía-inglesa se había refugiado en un grupo que canturreaba algo incomprensible y Andreas fumaba un poco más allá, mirando a la distancia.

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Por la tarde, sonó la alarma. Piratas. Yo estaba leyendo algo en el camarote, pero corrí a cubierta para conocer del asunto. Había un poco de agitación. Algunos tripulantes portaban armas largas y otros acomodaron unas pesadas mangueras para dirigir chorros de agua en caso de un abordaje no tan violento. El capitán estaba evaluando todo con unos prismáticos. Me acerqué a él y le dije que sabía disparar bien, que contara conmigo. Me miró con simpatía y me dijo que no podía autorizar a un pasajero a tomar un arma de fuego. Que era una violación del reglamento. Cuando vio mi desconsuelo me dijo que podría ayudar a sostener alguna de las potentes mangueras. Era lo que había. Le dije que sí. Dio unas órdenes y pronto estuve ayudando a un par de marineros, listos para remojar piratas somalíes. Pero todo fue una falsa alarma. En lugar de un buen número de lanchas, sólo había una, con un solitario y famélico pirata, si es que lo era. Me pareció ver que portaba un arma larga, quizás de asalto, como los famosos “cuernos de chivo”. El pirata somalí comenzó a gritar algo, que casi no se escuchaba. El capitán dijo que era un loco, que el arma era de madera y ordenó que todo el mundo se recluyera, evitando la provocación. Todos se fueron. Yo me quedé en cubierta mirando a la lancha pirata sin saber qué hacer. Ya no quedaba ni la manguera, que los marineros habían enrollado y guardado. Llegaron las dos francesas y la escena les pareció muy divertida. “Hola, hola, hola”, repetían con acento gutural. Yo intentaba no hacerles caso. Descubrieron al solitario-y-famélico-pirata que hacía el gesto de apuntarles y rieron sin parar. Después de unos largos minutos se hartaron y se fueron. Yo me quedé mirando al solitario-y-famélico-pirata mientras el barco se alejaba. Para no dejar todo sin un gesto, le grité: “pirata somalí, chinga tu madre”. El pirata pareció entender mis palabras. Después supe que algunos somalíes conocen el italiano, así que algo debió comprender de mis gritos en español-mexicano-colimense. Lo cierto es que yo interpreté sus propios gritos de respuesta como otra mentada de madre, quizás en lengua somalí. Le seguí mentando la madre a todo pulmón, mientras él hacía su propio esfuerzo, hasta que la pequeña lancha fue sólo un punto en el horizonte. A esas alturas yo también debí ser un punto en el horizonte para él.

Regresé enronquecido y agotado al comedor para la cena. Estaba lleno. Las dos francesas me gritaron “Hola” y levantaron la mano para que me acercara a compartir la mesa con el grupo de Andreas. Allí estaban, también, el propio Andreas, la inglesa-de-ojos azules-que-no-habla, el inglés-que-parece-inglesa y el colombiano-de-mirada-astuta. Suspiré. Al día siguiente llegaremos a la famosa isla, buscaré los pepinos gigantes, las rosas que nacen de troncos de árboles añosos, los tubérculos con ramas que parecen suplicantes y el árbol de sangre de dragón. Espero que salgan los verdaderos piratas en el viaje de regreso. Me gustaría darles una buena remojada.

Pasos por Islamabad

Fecha: 17 de agosto de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
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Rawalpindi, una antigua capital con un nombre que no logro articular. Miro por allí mientras me llevan al sitio exacto. El lugar donde Benazir, mujer poderosa acusada de corrupción (y luego exonerada), regresó a la competencia electoral. Recibió disparos y el remate: la explosión. El tiro de gracia, en efecto, fue una detonación. No se trataba de asegurar su muerte, sino de volarla en pedazos con la firma del horror que no admite retorno.
 
Quien detonó también murió, en ese frenesí suicida tan usual en esta parte del mundo. Inmolarse, sí, pero llevar compañía. Arrastrar a la nada (o quizás a lo que viene, que también puede ser algo) a todas las almas posibles. Es curioso que existan seres que no quieran partir solos, que se lleven a otros consigo, concluyendo con el “nosotros” sus pasos delirantes.
 
Asif, el guía, señala el lugar exacto. Me dice en árabe, luego en inglés, para terminar con un maltrecho español (yo entendía, no sé cómo, retazos de cada frase) que ella ordenó detener el blindado que la transportaba. Se asomó por el techo del vehículo para saludar a los seguidores y entonces ocurrió todo. Ya había sobrevivido a un atentado en Karachi, que cobró la vida de 140, entre militantes y curiosos. Aquí no fue posible.
 
Una mujer me mira mientras recorro el lugar con la mirada. El dolor sigue resonando por allí, mezclado con el aroma del mitin. Toda muerte en campaña es parecida. Conozco otras en linderos del mundo tan lejanos: Soacha, en Cundinamarca, donde mataron a Luis Carlos Galán, mientras levantaba los brazos saludando a los asistentes y Lomas Taurinas, en Tijuana, donde ultimaron a Colosio mientras se retiraba del evento. Es la misma historia en cada lugar: la emoción política que da paso al sabor de la sangre.
 
La mujer posee unos ojos maravillosos detrás de su nicab (o burka, si ustedes lo prefieren). Todos los ojos son así por estas tierras. Los siglos de velo han dotado a la mirada de todas las emociones que adopta el rostro, como si el resquicio fuera la única posibilidad de comprensión, de súplica, de orden o incluso de pasión.
 
Yo también la miro, pero Asif me ha dicho que no hable. Le preocupa mi extranjería evidente. Quiero decirle algo mirándola también, pero no sé decir nada con mis ojos.
 
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Camino un poco, apenas para sentir la tierra bajo mis pies, por el lado norte del valle del Indo, lo que llaman Punjab. A lo lejos se perfilan cumbres que (me dice Asif) son parte del Hindu Kush.
 
Desearía deambular sin prisa en aquellas cimas. Quizás por allí encontraría, en rincones sin hollar, aquel río mágico que buscaron los macedonios, el que daba una vida perdurable y sin deterioro.
 
Quizás también escarbaría y encontraría algo, cualquier cosa, ya no digamos una espada, sino un simple aparejo, algo de casi nada, que hubiera tocado el gran conquistador.
 
Sueños de un hombre maduro que ya no puede escalar…
 
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Rawat Fort, una curiosa combinación semántica. Rawat es Rabat, que en árabe significa una posada para caravanas. Fort es fuerte, claro. Con los años fue una posición para defender la meseta de Pothohar. Allí fue capturado el sultán Sarang, torturado y luego enterrado.
 
Torturar es lastimar al cuerpo que morirá. Existe un suplicio que parece tener un propósito: sacar información, quebrar la voluntad tenaz. Hay otro que es simple deleite para el triunfador: despedir la vida maldiciendo el momento. Decirle al enemigo que morirá ahogado en su propio lamento. Algo que sólo los humanos pudieron inventar.
 
Las celdas que rodean al fuerte dan una impresión de soledad. Allí murieron muchos desesperados, pero también durmieron los que podrían pagar al arribo de las caravanas.
 
No podría dormir allí. Soñaría con ojos que me miran con todas las emociones concentradas en su destello de luz.
 
Rawat tiene una puerta magnífica: la oriental. No quise traspasarla. Siento que debo decir un encantamiento. Un “ábrete” y luego el nombre de una gramínea que temo pronunciar de forma incorrecta: ni mi inglés, ni mi árabe, ni mi español me dan confianza.
 
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Camino por Islamabad. Ya no me sigue Asif. No quiere venir aquí. Algo le da miedo. La tarea es de Mahedit, que habla muy bien algo que no entiendo. Aún así, cuando todo falla, nos decimos por señas. La que más utiliza es un dedo índice en los labios, que en todos lados significa callar. Yo juego con él y me cierro la boca con toda la mano, como si fuera un gesto de sorpresa, lo cual parece divertirle mucho.
 
El ríe en árabe, pero le comprendo, y yo río en colimense, pero me entiende.
 
Islamabad es una meseta, la de Pothohar. El subsuelo está lleno de historia. Cada piedra desenterrada pudo ser usada por un ser humano en esa edad donde las piedras lo fueron todo.
 
Creo reconocer el paisaje. Quizás un lejano antepasado mío vivió (sobrevivió) por aquí y mis genes reconocen ―con regocijo― lo que miran: el cielo, el valle distante, la cima de las piedras.
 
Claro, Islamabad no existía entonces, pero otras muchas comunidades sí. Es una ciudad trazada por voluntad de gobierno y necesidad de planificación, como Brasilia en Brasil. Hasta su clima es regulado por lagos artificiales. Pero lo de hoy nunca podrá sepultar para siempre lo que ya fue. La historia brota por las cicatrices y los poros del suelo.
 
Por aquí pasaron los señores de la guerra: Babur, Genghis Khan, Tamerlán… Y siguen pasando. Apenas hace un año, un coche bomba estalló en el exterior del Marriott, dejando más de 50 muertos y unos 200 heridos. Fui al Marriott a conocerlo,. Incluso me tomé una copa en el bar, pero no podría dormir allí. Soñaría con ojos luminosos que me miran detrás de su nicab (o burka, si ustedes lo prefieren)
 
Islamabad es un paso, una puerta, pero también un señuelo para incautos. Yo no quiero conquistar nada, pero tampoco quiero parecer insensato. Por eso miro con respeto y me dejo llevar por Mahedit, que sigue llevándose el dedo a los labios y ríe cada vez que cierro mi boca con toda la mano, mientras yo también río de su risa en árabe, con todo mi regocijo colimense.
 
Seguiré dando tumbos, mientras dura la tarde, por Islamabad.