Apuntes de la categoría: Historias al pasar…

El salvaje talento

Fecha: 7 de noviembre de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
El músico Robbie Robertson, en el documental “Elvis Presley: The Reacher” (2018), dice que las primeras grabaciones de Elvis están marcadas por una cosa: “la libertad de no tener que oírte a ti mismo muy seguido”. Es decir, son muy, muy inconscientes. Añade que, gracias a esa maravillosa falta de conciencia, su voz tiene mucho espacio y “una geografía hermosa”.
 
El juicio final es estupendo y da para muchas reflexiones: en toda primera grabación (en el caso de los músicos, claro) “te emociona el descubrimiento repentino de tu persona, de tus poderes, tus habilidades y lo que puedes hacer con ellas”.
 
Esa reflexión sobre los primeros productos de Elvis puede aplicarse a todo gran talento: cuando surge es repentino y vivaz, pero lo vamos modificando cuando tomamos conciencia de su poder, para bien o para mal. La sociedad, los críticos, la propia voz en la cabeza (la conciencia) modifican lo que es un río bronco, puro y agreste para amansarlo, contaminarlo y entubarlo. El resultado es desigual: a veces apreciamos talentos domesticados que intentan encajar en las modalidades sociales del ascenso, genios frustrados en el rincón oscuro donde reciben una módica paga o seres inertes que apagaron las chispas de su genio para evitar las críticas o incomprensiones.
 
Creo que todos deberíamos despojarnos de la corteza sucia que hemos acumulado, de ese hollín (tizne) que usamos como armadura, para dejarnos ver como éramos al principio: con nuestros sueños e ilusiones intactos.
 
Deberíamos volver un poco, en suma, a la pureza original y salvaje de nuestro talento.

Un día, cuando tenía poco de morir…

Fecha: 2 de noviembre de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0
Un día, cuando tenía poco de morir, decidí aprovechar la oportunidad para visitar a ciertos personajes históricos que admiré en vida. Las calles del lugar eran distintas, como si cada barrio hubiera sido edificado de acuerdo a épocas y estilos propios del gusto personal de cada alma. La casa que buscaba era del tipo neoyorquino, con escalones al pie de la calle. Llegué y toqué la puerta. Mi personaje allí estaba, cómodo pero elegante. Pareció alegrarse de conocerme y me ofreció un café y una copa de anís en su estudio. Una delicia. Puede reconocer entre sus textos muchas de mis lecturas favoritas. También tenía muchas fotos antiguas en blanco y negro, que parecían propias de inmigrantes. Le dije que lo había admirado mucho tiempo y que me parecía una personalidad histórica, aunque controvertida. Se sintió honrado y me preguntó si mi vida había sido satisfactoria. Le dije que sí, aunque añadí me habría gustado hacer más de lo que hice. El suspiró. Añadió que en verdad a todos nos habría gustado hacer algo más de lo que hicimos, pero también hacer algo menos de lo que hicimos. Le dije que estaba de acuerdo.
 
Le pedí que me contara algunos pasajes poco claros de su vida. Lo hizo con soltura. En algún momento me di cuenta que había hecho algunas cosas terribles. Se lo hice saber. Me dijo una frase que sabía le gustaba decir en vida: “you can’t make a cake without breaking some eggs” (no se puede hacer un pastel sin quebrar algunos huevos). Lo dijo en un inglés burdo, contaminado y áspero, propio del Lower East Side, donde creció. Añadió que en realidad las decisiones terribles que tuvo que tomar fueron necesarias, pues de otra forma no se habrían logrado sus objetivos. Estuve de acuerdo. Dijo también que, eso sí, nunca había lastimado a alguien sin que lo mereciera. Me puse a pensar que a veces los personajes históricos pueden ser terribles, pero que dentro de lo terrible pueden hacer el bien. El pareció leer mis pensamientos. Me dijo que había hecho mucho bien en su vida, pero que para hacerlo también debió hacer el mal.
 
La tarde se fue como agua entre los dedos. En algún momento comprendí que debía retirarme y le agradecí todo el tiempo que me había dedicado. Me acompañó a la puerta y me dijo que regresara cuando quisiera. Ya en calle, al pie de los escalones y abajo de un árbol otoñal de hojas rojizas, volví a mirarlo y le hice una última pregunta:
 
“¿Cómo le hizo usted, con tantos pecados a cuestas, para arreglar las cosas y disfrutar de un espacioso departamento en el cielo?”
 
Guardó silencio un momento y me miró con curiosidad. Imaginé que me diría que a veces, aún en medio del mal se hacen cosas buenas, o algo así. Pero no. Me dijo lo siguiente:
 
“¿Aún no te das cuenta que no estamos en el cielo?”
 
Cerró la puerta y yo me quedé un buen rato allí, pensando con horror en todo lo que había hecho y dejado de hacer cuando pude.

El mafioso asustadizo

Fecha: 18 de septiembre de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Cuando el salvaje Salvadore (Totó) Riina, líder del clan de los corleoneses, fue confrontado con el ex mafioso e informante Tommaso Buscetta, quiso negarse a participar en el incómodo careo alegando la calidad moral de su antagonista. No lo descalificaba por ser un mafioso, claro, sino por algo más sutil: por ser un “mujeriego”

En efecto, el famoso psicópata que dirigió a la mafia siciliana por décadas, llevándola a un nivel de crueldad legendario (los narcos y asesinos mexicanos parecen hombres pacíficos comparados con Riina), argumentaba que Buscetta había tenido muchas parejas, lo cual era muy mal visto para un hombre de hogar y de costumbres estables (según su dicho) como Riina.

Buscetta le recordó a Riina (al que todos apodaban “La Bestia”) que ya había sido sentenciado a cuatro cadenas perpetuas por sus crímenes, incluyendo la orden para torturar y disolver en ácido a dos de sus hijos, pero claro, era comprensible que tan delicado espíritu se escandalizara por estar frente a una naturaleza enamoradiza. Una barbaridad.

Quien guste conocer más del encuentro de estos temibles adversarios, debe disfrutar el estupendo documental Our Godfather (Nuestro padrino), estrenado hace pocos días en Netflix.

No quisiera abundar aquí en la fascinante personalidad de Buscetta, el mafioso que rompió el código del silencio (la famosa “omertá”) de la mafia para vengarse de quienes asesinaron a sus hijos, tíos y sobrinos, con un salvajismo pocas veces visto aún en las organizaciones delictivas. Lo importante es que sus testimonios permitieron organizar el llamado “maxiproceso” o “maxijuicio” que llevó a la cárcel a cientos de mafiosos en Sicilia. Entre sus logros aparece, también, su participación en el juicio que desarticuló la operación conocida como “Pizza Connection”, en Estados Unidos.

Aquí lo importante es que la personalidad de Riina no es excepcional. Muchas personas son capaces de abismos de crueldad y de los más reprobables vicios, pero parecen escandalizarse en público frente a pequeños pecados cotidianos.

Creo que todos hemos visto a gente tortuosa y de moral bastante discutible formarse con parsimonia para recibir la comunión en la misa del domingo o expresar ruidosas desaprobaciones ante gestos o actitudes que consideran inapropiados. Una vez, por ejemplo, vi una publicación de alguien quejándose de la suciedad en las calles y pontificando sobre la virtud cívica de la limpieza, siendo un verdadero cochino en otras facetas de su vida pública.

Existen grandes y pequeños imitadores de mafiosos hipócritas como Totó Riina.

Los peores, en suma, suelen ser los mejores verdugos de los demás, sobre todo cuando se adornan con máscaras de corrección y buenas maneras.

Cementerio con vida

Fecha: 2 de septiembre de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

Ayer caminé por un pueblo sosegado y feliz, por lo menos en apariencia. Es como un oasis en medio del deterioro de lo demás. Hasta su panteón es bello. Las tumbas se deslizan por una barranca verde y las lápidas están pintadas de colores. Por si fuera poco, en cada tramo surge algún arbusto con flores, de ésas que lucen y a la vez resisten, de las que no se marchitan con los días luminosos. El conjunto es una explosión de color, casi infantil. No parece cementerio, sino paseo. Así deberían ser todos los panteones del mundo: lugares donde no cunda el dolor, sino la celebración. Espacios donde los chiquillos puedan correr y reír, sin faltar el respeto a la vida o a la muerte. En fin, se ve que aquí da gusto morirse.

Correteando ardillas

Fecha: 2 de septiembre de 2019 Categoría: Historias al pasar... Comentarios: 0

En un jardín cercano veo, cada mañana, a un perro de la raza dachshund o salchicha, de pelo corto y rojizo, que ladra insistente hacia la copa de los árboles. Ayer fui a mirarlo de cerca. Descubrí que persigue unas ardillas que deambulan por las alturas. Es una maravilla verlo en ese frenesí. Corre de un lado a otro, ladrando, con la mirada fija en los animalillos que brincan de rama en rama, trazando en el suelo los movimientos que descubre en el cielo. Yo pensaba que los salchicha eran apropiados para perseguir conejos y otras especies en sus madrigueras subterráneas, pero no sabía de sus obsesiones con los roedores arbóreos. Suelo caminar por ese jardín por una hora o un poco menos y este salchicha, cuyo nombre ignoro, sigue persiguiendo incansable a las sombras saltarinas, anhelando a que alguna caiga y se deje atrapar. Pero las ardillas no suelen caer. De hecho, nunca he visto una que tropiece, ni siquiera cuando corren por los cables de electricidad. Éstas, en especial, no sólo se mantienen en las alturas: hasta sospecho que se divierten con el tenaz rastreador que las acecha desde el suelo. Brincan con desparpajo y con un entusiasmo casi artificioso cuando descubren al perro mirándolas. Creo que hasta hacen algunas piruetas para mantenerlo expectante y ansioso. Deben gozar provocándolo. Cuando regresé a mi hogar, pensé que todos tenemos algo en común con ese perro testarudo. Nos la pasamos mirando hacia las alturas, esperando que nuestras ambiciones, anhelos y obsesiones caigan a nuestro alcance. Si, correteamos sin tregua a esas figuras raudas que forman nuestros sueños, en lugar de seguir rastros más idóneos y perseguir presas al alcance de nuestra mano. Así me sucede. Quizás hasta doy un poco de pena persiguiendo mis propias presas entre las distantes ramas. Los objetos de mis afanes siguen por allá, revoloteando, sin caer a mi alcance. Incluso sospecho que mis propias ardillas se ríen de mis obsesiones y hasta es posible que se vuelvan más inalcanzables con mis ansiosas miradas. Intentaré, en lo sucesivo, ladrarles un poco menos a las alturas y buscaré un rastro más cercano a mi nariz. He dicho.